

EL ÁNGEL DE FÁTIMA
Capítulo IX. LA SIESTA Y EL JUEGO DE LA HUMANIDAD ACTUAL.
Fátima 1916. Es uno de los días más calurosos del verano. Al mediodía, durante las horas ardientes de la siesta, Lucía Abóbora y sus dos primitos, Francisco y Jacinta Marto, después de haber cobijado a sus ovejas, juegan distraídamente junto al pozo tras la casa de los Abóbora, a la sombra de las higueras. De pronto levantan la vista y vuelven a ver a su lado al Ángel que se les había aparecido pocas semanas antes.
¿Qué hacéis?- les dice -¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y María tienen designios misericordiosos para vosotros. Ofreced constantemente plegarias y sacrificios al Altísimo -
¿Cómo debemos sacrificarnos?- pregunta Lucía.
El sacrificio que ofrezcáis ofrecedlo con toda vuestra voluntad, como acto de reparación por los pecados con que El es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así la paz sobre vuestra Patria, Yo soy el Ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os enviará.-
Y tras este sencillo discurso desapareció el Ángel.
De nuevo la urgencia. Tres niños, que no suman, entre los tres, 25 años, con una jornada ordinaria completamente ajustada a una durísima ocupación, con prácticas religiosas diarias, abundantes y tomadas en serio, que se han permitido la módica expansión de jugar un poco mientras los mayores sestean, son reprendidos desde el Cielo por estar perdiendo el tiempo. ¿Y cuál es esa ocupación tan urgente a la que se deben entregar? ¿Es la de trabajar incansablemente para liberar de la pobreza a su familia o a su pueblo? ¿0 quizás la de estudiar para salir de la incultura de siglos que les mantiene en el subdesarrollo? No. La ocupación para la que con tanta urgencia son arrancados de su sencillo y tempestivo esparcimiento, es la de rezar. "Rezad mucho". De nuevo la Religión en su más primitiva y esencial manifestación: abrir el alma a Dios en adoración, súplica y amor, para religarla con El. Pero ¿no es el Ángel demasiado severo y exigente con los niños?
Es que no es a ellos a quienes principalmente está dirigida la reconvención angélica. Las apariciones de Fátima fueron todas ellas un mensaje de Dios para toda la humanidad. Los niños no hacen más que representarla. Aquel caluroso mediodía del verano de 1916 el hortecillo de la casa de los Abóbora en Fátima representaba a toda la humanidad. Una humanidad degradada hasta el punto de no concebir la vida más que para sestear y jugar. Los hombres del siglo XX ya no son centinelas que se saben en la noche y vigilan y esperan la aurora. La civilización actual se cree en pleno medio día. Ha hecho de la luz de este mundo su sol, y ha puesto a este sol en el cenit de sus deseos y de su sistema de valores. El sol es el progreso y la paz, pero meramente intramundanos e intrascendentes. El progreso se detiene en los avances de la técnica y de la medicina, y la paz no pasa de ser un equilibrio de egoísmos que nos garantice en el mayor grado posible el goce personal de las satisfacciones de la vida terrena. Este es nuestro caluroso mediodía. De la noche nos hemos olvidado. Es decir, nos hemos olvidado de que el hombre en esta tierra vive de noche y espera la luz del sol para un mañana que está después de la muerte. Por eso, concentramos el ardor de nuestros deseos en el sol que nos hemos creado, y sentimos calor, un calor ardiente que nos produce sueño. Y dormimos, y garantizamos así nuestro olvide de la verdadera aurora.
Y jugamos. Porque no sabemos hacer otra cosa. Todo el tinglado de la vida se ha convertido en nuestro siglo en un inmenso juego. E1 juego de los niños se mantiene gracias a una ilusión, voluntariamente provocada, que confiere cierto valor absoluto a objetos y acciones carentes de valor intrínseco, y que provoca una cadena de gestos y movimientos que redundan en una satisfacción personal. Es Justamente lo que hacemos. Llenamos nuestra vida de ocupaciones, que incluso con frecuencia llamamos productivas, y se nos pasan los años, y quizás la vida entera, sin cuestionarnos siquiera a dónde vamos. Y si alguna vez lo hacemos, es para respondernos que vamos sencillamente a vivir, a vivir entretenidamente esta nuestra vida terrena.
Este es el hortecillo de la casa de los Abábora donde irrumpe el Ángel. Viene del mañana eterno que está tras la noche de esta vida. Viene con luz muy distinta a la nuestra ilusoria y ardorosa. Suavemente deposita una chispa de la suya en los ojos de los niños, que en ese momento son los ojos de la humanidad entera entregada al sueño y al juego. Los niños son sacados de la dimensión temporal, y el "qué hacéis" del Ángel les entera de que no estaban haciendo otra cosa que perder el tiempo. Han entrado en otra dimensión, en la que está en vigor un sistema de valores radicalmente nuevo para ellos, y tienen que escuchar del Ángel el plan de acción, que es apremiante y hasta perentorio.
¡Rezad mucho! Ofreced constantemente plegarias y sacrificios al Altísimo".
Oración, ofrecimiento, plegaria, sacrificio. Es su nuevo vocabulario, que tiene que sustituir al antiguo de sueño, satisfacción, entretenimiento y juego.
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© Alberto Basabe Martín
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