

EL ÁNGEL DE FÁTIMA
Capítulo III. LA APARICIÓN DEL ANGEL DE LA PAZ
Es el verano de 1916. Tres niños de nueve, ocho y seis años llenan con sus voces y risas la soledad inmensa del campo en que pastan las ovejas que les han encomendado sus padres. De pronto ven su alegría amenazada por una tormenta inminente, y se refugian en una cavidad de una ladera cercana. Siguen jugando. Pronto sienten hambre, se sientan y vacían sus zurrones. Después se arrodillan como todos los días, y rezan el rosario, sin saber que están recogiendo la antorcha de un relevo de oración mariana ya casi milenario. Apenas han reanudado sus juegos, un viento extraño hace susurrar como nunca las copas de los pinos que se extienden a sus pies. Intrigados se miran y dirigen a lo lejos su mirada investigadora. Entonces divisan una luz que se mueve sobre los árboles. Es de una extraña blancura, que Lucia, la niña mayor, identifica con la de un misterioso ser que el año anterior, junto con otras tres niñas, había visto en la lejanía. Ahora la luz se aproxima hasta detenerse en la entrada misma de su refugio. Los niños la miran estupefactos. El ser que tienen delante tiene facciones humanas, pero de una belleza indescriptible, y brilla "como nieve que el sol atraviesa hasta hacerse cristalina", según describe Lucía.
El extraño ser habla:
-No asustaros. Soy el Ángel de la Paz-
Pasmoso respeto el de un ángel que saluda y se presenta a tres mocosos incultos e insignificantes. El Ángel sigue hablando:
-Rezad conmigo-
Y se arrodilla en el suelo hasta tocarlo con la frente.
Y reza:
-¡Dios mío, creo, adoro, espero y os amo! ¡Os pido perdón para aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no os aman!-
Repitió la oración tres veces. Después se levantó y dijo:
-Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas-
A continuación desapareció como si se hubiese disuelto en la luz solar.
Esta escena de admirable sencillez y esencialidad está preñada de luz y significado.
Adán, cuando salió de las manos creadoras de Dios ¿realizaría un gesto distinto al del Ángel que se arrodilla hasta tocar el suelo con la frente? ¿Puede ser otro que éste el gesto primero y original de un hombre que se mira a sí mismo, después al mundo y, por fin, asciende con su mente como una flecha hacia Dios, encontrándole Padre omnipotente y omnipresente, Principio y Fin de todo lo que ve? La religiosidad, el afecto que embarga al alma y la inclina a rendirse ante Dios en un acto de adoración total, es la primera respuesta del hombre ante Dios, que le ha dado el ser y la creación entera. Y el gesto del Ángel es el primitivo, universal y perenne gesto de la religiosidad de un hombre dotado de un cuerpo y sostenido por la tierra. ¿O tendremos que pensar que el Ángel no hace más que acomodarse a la mentalidad un tanto servil de aquellos niños, que probablemente nunca han visto a nadie rezar en esa postura?
Con nuestra moderna repugnancia a arrodillarnos ante Dios ¿no estaremos perdiendo precisamente lo más precioso del acto de adoración, que es la totalidad, significada en el gesto de profunda humildad del Ángel? No sé si volveremos a arrodillarnos en nuestros templos y, especialmente, al recibir la Sagrada Comunión. Pero no estaría de más que cada uno, en el secreto de su aposento y cerrada la puerta, como aconseja Jesucristo, realice con frecuencia este acto de adoración que nos enseña el Ángel de Fátima.
La oración del Ángel, inseparable de su gesto de humildad, la comentaremos, Dios mediante, el próximo primer sábado de mes. Hasta entonces la Obra de Fátima os desea a todos paz y bien y os recuerda que si alguien quiere contribuir a sus atenciones de asistencia con donativos o género, puede entregarlos en la Residencia de los PP. Jesuitas, Garibay 19, a nombre de la misma Obra. Muchas gracias.
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© Alberto Basabe Martín
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