"Angel de Fátima". Charlas radiofónicas que eran pequeños fervorines de diez o doce minutos, compuestos en el espíritu de la Virgen de Fátima y destinados a despertar en los oyentes la memoria de la Obra y solicitar su ayuda.

Fotografía de un Amanecer
Albamar;

EL ÁNGEL DE FÁTIMA

Capítulo XXIX. LA PRESENCIA DIABÓLICA EN EL MUNDO.

Dibujar, como hemos intentado, un psicograma del ángel malo y su actuación no es un inútil capricho intelectual sin repercusión práctica. Contar con el ángel malo nos interesa mucho en la vida práctica de todos los órdenes y de todos los días. Está en ella mucho más presente de lo que pensamos: con una presencia minuciosa, constante, universal y sobre todo inteligente, Y si queremos serlo también nosotros, hemos de comenzar por suplir la falta de evidencia inmediata que tenemos de esa presencia, con el raciocinio, la perspicacia y la cautela: y con tanta mayor diligencia cuanta mayor es la astucia y el cuidado actual del demonio de ocultar su existencia y disimular su influjo. En esta nuestra época, que es precisamente la más influida por él entre todas las de la historia, ha conseguido la mayor de sus victorias: la de persuadirnos de su inexistencia. A los hombres de nuestra época la increencia en el demonio se nos ha convertido en una coraza tan dura, que no sufre fisura, ni a la vista de evidentes prodigios, que se desarrollan casi en nuestra vida cotidiana, atribuidos, sin embargo, en otros siglos a influjo diabólico por la prudencia y la sabiduría cristianas. Según informaciones que casualmente nos llegan, cunden, por ejemplo, entre nosotros determinadas prácticas, mal llamadas "juegos", que logran que las personas que comunitariamente los realizan, entablen un diálogo no carente de sentido con un objeto inanimado, que responde con golpes o movimientos. En otras ocasiones se trata de colegiales que, tras determinado ejercicio de relajación, se muestran en sus exámenes dotados de conocimientos que superan extraordinariamente a su estudio y a su conocimiento real. En cierta casa de San Sebastián situada en la cima de Aldapeta y bien visible desde bastantes puntos del barrio de Amara, y lugar de pecado en tiempos todavía no muy lejanos y hoy casa de espiritualidad, se registraban en el verano de 1945 fenómenos extraordinarios, observados largamente por todas las hermanas de la comunidad religiosa que allí habitaba provisionalmente: mesas y sillas que se mueven solas, puertas de armarios abiertas y cerradas bruscamente sin ninguna intervención humana, ruidos inexplicables, y otros sucesos inquietantes y preternaturales que están testificados en el libro del P. Daniel Diez "Madre María Pilar Izquierdo Albero, fundadora", Pág. 335 y siguientes. Hay que notar que los fenómenos desaparecieron a raíz de un exorcismo que un conocido jesuita de aquel tiempo pronunció sobre la casa. Recordamos que hace unos cuantos años fue presentado en las pantallas de la televisión un personaje llamado Uri Geller, capaz de realizar a distancia operaciones humanamente imposibles, como doblar objetos metálicos o poner en marcha relojes rotos y ya desechados por sus dueños. El tema de los OVNIS es ya demasiado duradero y está demasiado testificado como para despreciarlo. Y sin embargo, según aseguran los físicos, es inconcebible a base solo de adelanto técnico de una supuesta civilización situada fuera de nuestro sistema solar: tales viajes y movimientos superan con mucho las posibilidades de las leyes físicas del universo, perfectamente conocidas ya por los científicos. A notar también que ese tipo de fenómenos parece tener preferencia por los lugares de apariciones marianas y de prácticas satánicas.

Ante estos hechos, y otros que conocerán, sin duda, algunos de nuestros radioyentes, mejor informados que nosotros, el hombre moderno experimenta una notable repugnancia para atribuirlos a un influjo o infestación diabólica. Prefiere con mucho adjudicárselos a misteriosos factores, convenientemente conceptualizados según el estilo de la ciencia actual, que se supone están inherentes en la naturaleza humana, particularmente en el cerebro, aunque carecen habitualmente de desarrollo por ignorancia del sujeto o por bloqueos subconscientes. Esos factores de alguna manera existen. Pero no dotados de la capacidad de elevar sobre sí misma a la naturaleza humana y hacerla sencillamente capaz de hacer milagros, como obscuramente se les atribuye. La naturaleza humana tiene en su actuación y en sus fuerzas unos límites insuperables que no somos capaces de suprimir, por mucho que los disimulemos con biensonantes términos científicos. Existe no obstante en el espíritu humano una luz natural, que habitualmente está ahogada casi en su totalidad por el cúmulo caótico de impresiones y sensaciones que ocupan nuestros sentidos e imaginación, y que suscitan además en las tendencias inferiores un complejo de atracciones y repulsiones, que suman su acción sofocadora a la de las impresiones y sensaciones. Pero si en algún momento nos acontece desahogar el espíritu y dejar al desnudo su pura sustancia espiritual (lo cual puede ocurrir durante el sueño), quedan también liberadas sus facultades de visión, y puede desplegar toda la penetrante y serena luz natural que en sí encierra. Percibe entonces la persona, como apunta Santo Tomás (2-2, 172, 1, ad 1) en su propia imaginación unos sutilísimos movimientos que en ella han quedado impresos, gracias a la percepción habitual del acontecer exterior de la naturaleza inanimada o del mundo humano. Efectivamente este acontecer es un juego fuertemente unitario de causas y efectos, hondamente significativo en todos sus detalles, que, aunque habitualmente se nos escapan por efecto de la obnubilación en que vivimos, dejan, no obstante, en nuestra imaginación muchos de sus rasgos, e imprimen también en ella de alguna manera el sentido de su desarrollo. Y esas impresiones resultan ser unos como movimientos o impulsos, que en un estado de pureza y serenidad espiritual intensas, son captados por el entendimiento, ya a su plena luz, el cual los desarrolla hasta sus últimas consecuencias, llegando así a visualizar intelectivamente algún acontecimiento futuro. Y así se pueden explicar naturalmente muchos fenómenos de premonición ocurridos en estado de vigilia o de sueño.

Así que efectivamente la naturaleza humana tiene algunas posibilidades un tanto misteriosas y sorprendentes. Y es de prudencia elemental tratar de estudiarlas y atribuir a ellas o a otras causas naturales, antes que a cualquier causa preternatural, los fenómenos aparentemente extraordinarios. Pero hay que ensanchar hasta límites ridículos las posibilidades de esos factores para hacerlas capaces de acoger y explicar otros fenómenos como los apuntados antes. Sin embargo, el influjo diabólico los explica muy sencilla y convenientemente. Del mismo Uri Geler, antes mencionado, son estas palabras que pueden hacer pensar a más de uno: "Estoy convencido de que mis poderes me vienen de «una inteligencia superior». Pero cuál es esta inteligencia o dónde se encuentra, es algo que ignoro totalmente. Yo no soy más que un medio de transmisión. Yo no controlo el mensaje". Y Santo Tomás, con más precisión, dice que "si se ve que las causas naturales no son capaces de causar tales efectos extraordinarios, hay que sacar la consecuencia de que la pretendida causa del fenómeno es en realidad solamente un como signo, propio de los pactos de significaciones hechos con los demonios" (2-2, 96, a.2).

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