

EL ÁNGEL DE FÁTIMA
Capítulo II. FÁTIMA EN EL TÍTULO DE NUESTRA OBRA
¿Y por qué nuestro gesto de caridad se llama precisamente de FÁTIMA? ¿Qué relación tiene una Obra de asistencia a enfermos con las apariciones de la Virgen en Fátima el año 1917?
Claro que cualquier advocación religiosa es buena para titular una obra de caridad, Pero el que la advocación sea mariana y nos arraigue en Fátima, es lo que consagra la específica personalidad sobrenatural de la Obra, es lo que configura su fisonomía espiritual. Esa fisonomía de nuestra Obra manifiesta una personalidad humilde, enmarcada por las realidades cuotidianas de la vida actual, pero afincada en la confesión decidida de la superioridad del espíritu sobre la materia; una personalidad que pone la adoración de Dios antes de todas las demás actividades humanas y como fundamento de todas ellas; una personalidad centrada en la cruz de Cristo, pero comprendiendo también que nuestro siglo es muy asténico e indeciso para entregarse al sacrificio heroico, y que en esa entrega apenas llega a más que al gesto significativo y casi insignificante. Es una personalidad, además, eminentemente mariana, que descansa infantilmente en brazos de la Madre Celestial, y que está muy dispuesta a esperar que Ella multiplique por el infinito sobrenatural la eficacia material y espiritual de nuestros insignificantes gestos de amor a Dios y al prójimo.
Fátima es la gran revelación del siglo veinte y para el siglo veinte. Verdad es que no pertenece formalmente a lo que los teólogos llaman el depósito de la Revelación, Pero hay que estar ciego para no ver en Fátima la mano paternal de Dios, que se tiende a los hombres de este pobre siglo veinte, atribulado y desorientado como ningún otro. En Fátima ha encendido Dios, por medio de su Madre la Virgen María, una inmensa hoguera de espiritualidad, que reparte inagotablemente a toda la humanidad raudales de luz y de amor.
Esa hoguera ha sido encendida de una manera clamorosa, con un clamor cual no lo han escuchado jamás los oídos de la humanidad. En Fátima ha tenido lugar el milagro más espectacular que ha ocurrido en el mundo desde su creación. Y no hay exageración en lo que digo, teniendo en cuenta que he empleado la palabra "espectacular", y no "importante" o "grandioso". El 13 de Octubre de 1917, en Fátima, 70.000 personas miraron sin daño al sol en su cenit, y durante diez minutos lo vieron danzar (es la palabra que pronunciaba la gente) girando vertiginosamente sobre sí mismo y lanzándose en zigzag hacia la multitud, despidiendo haces de llamas rojo sangre»
Este espectáculo, históricamente cierto, tan cierto como la propia guerra europea que entonces estaba cerca de su fin, fue el grandioso sello de Dios para las apariciones de la Virgen a Lucía Abóbora y a sus primos Francisco y Jacinta Mario, Sin hipérbole de ninguna clase se puede afirmar que espectáculo semejante no lo habían visto jamás ojos humanos, nunca será exagerada la atención que prestemos a Fátima y sus apariciones.
Por eso nosotros miramos hacia Fátima: con la misma sencillez con que, sin apenas reflexionar, miramos hacia un suceso espectacular que nos llama la atención mientras paseamos por nuestras calles. Dios, ahora, nos llama la atención hacia Fátima. Seguro que su mensaje no es distinto que el del Evangelio. Es el mismo, sólo que especialmente acomodado y acercado a nuestra mirada espiritual, que necesita que se le acerquen mucho los objetos, porque es muy corta., Con sencillez, pues, dirigimos nuestra vista hacia Fátima, para encontrar en su mensaje las líneas que configuran la fisonomía espiritual de nuestra Obra.
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© Alberto Basabe Martín
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