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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

ARTÍCULOS

UNA CHAQUETA CON TRES MANGAS

José Ignacio Munilla, párroco de El Salvador de Zumárraga, es una vocación sacerdotal de hondas y auténticas raíces y plenamente lograda; y se merece realmente la estima en que le tenemos las muchas personas que nos beneficiamos de su apostolado. El pasado día 15 nos ofrece en las páginas de opinión de este periódico un artículo bien documentado, como todos los suyos, sobre el nuevo "Catecismo de la Iglesia Católica" promulgado ya por el Papa y esperado en nuestras librerías para diciembre. Nos dice Munilla que el Cardenal Ratzinger, presidente de la comisión formada al efecto, "diagnostica el fracaso de la catequesis moderna y lamenta el error cometido, una vez concluido el Concilio, de suprimir el catecismo vigente antes de promulgar uno nuevo".

Saber mirarse al espejo para descubrir al desnudo los propios errores es puramente evangélico. Y Ratzinger ha tenido el valor de hacerlo. Sólo que demasiado tarde y en un espejo al parecer bastante rudimentario. La tardanza ha sido nada menos que de 27 años. Es decir, toda una generación. ¡Y qué generación! La más trascendental y numerosa de la historia de la Iglesia y de la Humanidad entera. La más diferenciada de la de sus padres (la generación de la confusión) y no digamos de la de sus abuelos (la generación de la perplejidad, ya retirada o desaparecida). La más viajera, con amistades trabadas con toda naturalidad y en todas las partes del mundo por encima de diferencias culturales, raciales, ideológicas o religiosas. La primera generación de la Historia sobre quien la influencia de la propaganda exterior ha derrotado a la de la la de la familia y cultura en cuyo seno ha nacido. Una propaganda calculada con admirable precisión y eficacia para imponer un modo universal de vivir y pensar, induciendo además en sus víctimas la persuasión de que esa imposición externa es una elección personal y libre. Tal modo de vida y pensamiento, bajo su aparente diversidad y riqueza (?), tiene un preciso y común fundamento: la destrucción del puente entre el pensamiento individual y la realidad en sí misma, y la consecuente relativización de la verdad. Ya no hay una única verdad. Hay tantas verdades cuantas personas y circunstancias. Para que mi pensamiento sea válido no se requiere ya que acierte con la realidad; basta simplemente con que sea mío (que, claro está, siempre lo es). Para que mi conducta sea correcta no es necesario que se acople a la ley moral; es suficiente que me satisfaga. Y así queda la subjetividad humana exaltada como la única auténtica realidad, identificada sin más con toda verdad y con todo bien, carente, por lo tanto, de la necesidad de ser salvada desde fuera, es decir, de la necesidad de redención.

Y ahora me pregunto y pregunto también a quien quiera emplear en responderse la libertad de pensamiento que le quede: ¿Están estas observaciones fuera del alcance de cualquier persona medianamente culta y atenta a su entorno? ¿Es tan difícil comprender que una generación así, en la madurez ya de sus 30 años, desvinculada de la confundida generación de sus padres y de espaldas a la perpleja de sus abuelos, es capaz de dar al rumbo de la historia eclesiástica y mundial un giro irreversible de 180 grados? ¿No era esto previsible en cuanto acabó el Concilio o, al menos, desde que en 1972 Pablo VI pronunció su estremecedora frase "el humo de Satanás ha entrado por alguna grieta en la Iglesia de Dios"? ¿No era esperable de antemano que la catequesis postconciliar, carente de norma, estuviera también sustancialmente viciada por el relativismo y el subjetivismo?

"Lamentable error" es que un sastre de nombre nos confeccione una chaqueta olvidándose de abrir los ojales para los botones ¿Pero deberemos contentarnos con tal calificación si lo que nos presenta es una chaqueta con tres mangas?

¿Catastrofismo deprimente? No. Sino espejo terso y limpio para mirarnos tal cual somos. La verdad desnuda sobre nosotros mismos, por muy amarga que sea, es el fundamento de la auténtica esperanza cristiana. Jesucristo ha venido a salvarnos no precisamente a los justos que sólo cometen "lamentables errores"; sino a los pecadores, es decir a las personas de voluntad débil o incluso mala que cometemos "pecados". Ya sabemos que la malicia total no existe en ningún hombre que viva todavía en este mundo. Y, claro está, mucho menos en los pastores religiosos. Jesucristo mismo nos dio la solución a los alarmantes atisbos que a veces nos asaltan. El principal instigador y autor del mal es Satanás, el Malo por excelencia; de quien El mismo nos enseñó a pedirle al Padre celestial que nos librara. Y el Padre quiere atendernos con tal de que aceptemos su liberación e incluso, en ocasiones, pasando por encima de nuestra resistencia. Con medios ordinarios, extraordinarios o milagrosos. Ahí están, para quien quiera contemplarlos y admirse de ellos, los muy recientes y trascendentales acontecimientos del Este de Europa. Y está también el vigor silencioso con que el más puro y humilde espíritu religioso se ha mantenido en muchísimas personas de las dos generaciones que llamaba la perpleja y la confundida, y ha brotado en la de los jóvenes. En el castillo interior de las almas nadie entra sino solo Dios.

Alberto Basabe Martín.

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