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¿VIO SAN IGNACIO EL BIG BANG?
Manresa, 1522. San Ignacio, recién convertido, vive una intensa vida de oración y penitencia. Después de su etapa de escrúpulos angustias y desolaciones, ha entrado en otra contraria de consolaciones, ilustraciones y visiones. Una de estas últimas es la que vamos analizar. "Una vez se le representó en el entendimiento con grande alegría espiritual el modo con que Dios había criado el mundo, que le parecía ver una cosa blanca, de la cual salían algunos rayos, y que della hacía Dios lumbre". (Autobiografía, 3, 27 ss.)
La data nos muestra que apenas hemos salido de la Edad Media. La Biblia, incluida la narración de la creación, es entonces leída en el mundo cristiano al pie de la letra, sin rastro de duda o interrogación sobre la autenticidad de tal lectura. Y San Ignacio, como es natural, participaba de esta mentalidad. El hecho de la creación del mundo es un acontecimiento encantador por lo pluriforme y multicolor. Van surgiendo, a lo largo de sólo seis días, las aguas colocadas encima y debajo del firmamento. Brota la hierba, los árboles y los frutos; el sol, la luna y las estrellas; los peces, las bestias, etc. Cualquier poeta que quisiera exaltar la belleza del acto creador no tenía más que dejarse prendar por toda esta variedad y riqueza.
Sin embargo, en la descripción de San Ignacio no hay ni rastro de toda esta pluriformidad y colorido. Más aún; la primera impresión es decepcionante. Ve "una cosa blanca". ¿Puede haber vulgaridad más genérica? ¿Quien no ha visto alguna vez en su vida una cosa blanca?
Pero ¡calma! Hagámosle justicia al vidente. San Ignacio lo es, y bien acreditado. Pensemos que emplea el término "cosa" porque cualquier otro le resulta estrecho. Lo que ve no se parece a nada de lo que cae en la experiencia normal de cualquier persona humana. Por eso se acoge al término más genérico que tenemos.
Esa cosa es precisamente "blanca". Aquí ya se ve algún colorismo. Pero muy particular. Porque el blanco no es un color, sino el conjunto de todos ellos. Y así la descripción de San Ignacio empieza a ser interesante. La "cosa" que ve es blanca por su plenitud de colorido; o, más ampliamente, por su plenitud de cualificación. Esa "cosa blanca", lejos de ser una trivialidad, es algo ricamente cualificado.
Y ahora me pregunto. Eso que los astrónomos actuales presentan como el objeto originario del universo estelar y planetario, esa partícula de materia sumamente condensada ("de tamaño nulo", dice de ella -a mi juicio inaceptablemente- Hawking; Historia del tiempo, p. 157) que muy pronto ha de explotar en el big-bang e iniciar un vertiginoso movimiento de expansión ¿lo ha visto o entendido algún científico de un modo intuitivo y completo? Creo no ofender a nadie si digo que no.
¿No es entonces prudente pensar que lo más que sabemos de tal partícula es el conjunto de fórmulas y ecuaciones que la encasillan (y con toda legitimidad) en determinados parámetros físico-matemáticos, construidos sobre las magnitudes "masa", "velocidad, "calor", "gravedad" (y permítaseme poner aquí el etc. del ignorante), que -según creo entender- se interaccionan logrando un equilibrio a la vez estable y dinámico, paradójica fuente de la pérdida de sí mismo y consiguiente puesta en acción de las fuerzas expansivas? ¿No podía entonces ocurrir que lo que San Ignacio vio y entendió ("se le representó en el entendimiento") de modo tan satisfactorio ("con grande alegría espiritual"), aunque místico, fuera precisamente esa partícula? ¿No es verosímil que esa partícula, preñada de todas las energías físicas del universo, sea blanca? ¿No es razonable pensar que, si algún científico futuro, por medio de instrumentos insospechados para nosotros ahora, la viera tal cual era en sí misma en el principio del universo, la encontraría tan distinta de todo lo que conocía, que no sabría decir de ella sino que era "una cosa blanca"?
Pero lo que nos dice San Ignacio no es que vio qué fue lo primero que Dios creó, sino "el modo con que Dios había criado el mundo". Y como "crear" es, según la definición clásica, sacar las cosas de la nada, el modo de crear el mundo es el modo de sacarlo de la nada.
Desde joven me ha intrigado cómo se las habría arreglado Dios para sacar de la nada, que es sencillamente "nada", algo que, mientras está en esa "nada" también es "nada". Por eso, la primera vez que leí este texto ignaciano, ante la esperanza de enterarme por fin cómo sucedió esta paradoja inasible, dí un cálido suspiro de satisfacción; seguido inmediatamente de otro, bastante más frío, de desilusión. Ese misterioso "sacar de la nada" consistía simplemente en "una cosa blanca".
Tuvieron que pasar años para que cayera en la cuenta de que la expresón "sacar de la nada" es un mera fórmula literaria; que, además, más confunde que aclara. Crear es hacer que empiece a existir lo que no existía. Ahora bien, ver, lo que se dice ver -y más si es con el entendimiento- lo inexistente, es completamente imposible. Para que se empiece a ver algo es condición indispensable que exista. Por eso quien ve cómo algo es creado, lo que en realidad ve es solamente la cosa creada. Esto es lo que le ocurrió a San Ignacio.
Viene a cuento esta explicación para evitar la impresión que esta descripción da de favorecer a los que, como Hawking, piensan que "no hubo ningún principio, ningún momento de Creación" (ibid. 156).
Sigamos adelante. Dice a continuación San Ignacio que de esa cosa blanca "salían algunos rayos". No dice "resplandecía como el sol". Si hubiera podido acogerse a la comparación del sol, claro está que lo hubiera hecho. Hubiera sido mucho más impactante y más acorde con la imagen absolutamente resplandeciente que atribuiría cualquiera, entonces y ahora, al momento inicial de la creación. Pero San Ignacio, garantizando con su modestia la veracidad de su visión, dice escuetamente que de ella "salían algunos rayos".
¿Encaja esta parquedad con nuestra teoría del big-bang? Aquí agradecería la crítica de algún científico que me haya honrado con su lectura.
A mi entender de profano en Física la respuesta me parece positiva. Téngase en cuenta que, según la ciencia actual, el sol es, si no lo entiendo mal, una especie de bomba atómica que ya ha explotado. Y que esa modesta emisión de algunos rayos se realizaría en la "partícula" original antes de la explosión. ¿No es, por eso, verosímil que dicha partícula, caracterizada precisamente por su condensación, no por su expansión, resuelva su dinámico equilibrio en dirección hacia su propio interior, sin que deje por ello de manifestar mediante algunos rayos su tensión expansiva?
"Y que della hacía Dios lumbre". El término "lumbre" equivale, en ciertos usos del castellano, a "fuego". Y en esta acepción conserva algo de su origen etimológico y añade la connotación de "brillo" o "luminosidad". Por otra parte, la expresión "hacer de" puede muy bien equivaler a "convertir en", poniendo énfais en la iniciativa del actor. Piénsese en la frase "hacer de su capa un sayo" o "hacer de la mesa astillas".
Según esto, decir que Dios hace lumbre de la cosa blanca significaría que El, con acción espontánea y personal, la convertiría en fuego luminoso.
Ahora bien, San Ignacio ya conoce la pólvora, y su resplandeciente explosión. Si a esa "cosa blanca" de su intelectual visión la hubiera visto explotar (que parece que es lo que la moderna teoría del big-bang supone), habría empleado este verbo y habría dicho "Dios la hizo explotar". Pero lo que dice es algo más suave: "della hacía Dios lumbre", sin siquiera emplear la palabra "fuego", algo más violenta que "lumbre". Suave es en todo el modo de hacer de Dios. La violencia la hemos inventado los hombres.
Así pues, ¿no puede muy bien esta última parte de la frase significar lo mismo que actualmente llamamos el big-bang? Resultaría, pues, que en él San Ignacio, contra quienes, confundiendo momentos y mentes, nos hablan de una gran explosión originaria no sabemos bien de qué y ocurrida porque sí, distingue claramente dos momentos: el anterior a la explosión y el de la explosión, afirmando la intervención de Dios en ambos y dándonos además la noticia de que la "cosa" -la "partícula" antes de explotar- era blanca: ni oscura ni resplandeciente. Y que, no obstante, algunos rayos sí se le escapaban. ¿Será que San Ignacio no sólo contempló intuitivamente el big-bang, sino que incluso ha llegado más adelante que nosotros mismos? No afirmo nada. Solamente pregunto. Si alguien, más docto que yo en Física y Matemáticas, tiene algo en que corregirme o informarme, se lo agradeceré.
Alberto Basabe Martín. Doctor en Filosofía. Profesor de la Universidad de Deusto. Campus de San Sebastián.
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