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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

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EL BIFRONTE ASIS

Como el dios Jano, en cuyo mes estamos, también Asís, ¿el Asís de San Francisco?, el Asís, al menos, de las jornadas interreligiosas de la Paz, tiene dos frentes: una mirando al pasado y la otra pretendiendo adivinar y hasta pergeñar el futuro. Mira al pasado, remoto como los orígenes mismos de la humanidad, la plegaria directa al Ser Supremo, como quiera que cada religión lo entienda, para impetrar aquel don que en el momento de la plegaria se considere el más importante, por supuesto, desde un punto de vista hondamente interesado: no es ironía, sino la más respetable, pura, constante y universal espontaneidad del ser humano. Mira también al pasado la liturgia, entendida al menos en el sentido vulgar de ritualidad formal del culto público. Y mira al futuro un nuevo espíritu que invade nuestro psiquismo hasta sus estratos subconscientes, sin que sepamos bien de dónde parte en último término; pero que encuentra connatural expresión en los actos y palabras de aquellas celebraciones. Es el que podemos llamar «espíritu de Asís».

Hablamos del espíritu de determinado autor cuando, después de haberle leído o incluso escuchado, ponderamos el mensaje que inconscientemente ha ido depositando en nuestro sentir mental el impacto de las ideas leídas o escuchadas y sobre todo de su énfasis, manifestado en las reiteraciones, subrayados o intensificaciones del tono de la voz. De la misma manera podemos hablar del espíritu de Asís. Palabras, gestos, insistencias y remisiones, todo ello en bloque, decantan en nuestra psique, más allá de un puro conjunto de ideas, una específica polarización global. El barco es el mismo, pero el rumbo ha cambiado. Las ideas siguen siendo las de siempre, pero el acento se ha trasladado de lo dogmático a lo ecuménico, de lo trascendente y celestial a lo intraterreno e histórico. No, no hay sustitución; sino justamente una nueva inflexión en el tono de la voz, un distinto subrayado. En Asís se han visto atuendos llamativamente diversos, pero rostros armoniosamente iguales. No están crispados los de los herejes y serenos los de los católicos, sino que todas las miradas se entrecruzan con sonrisa igual. «Pongamos solemne final a las agrias y hasta violentas disputas dogmáticas; dejemos a cada cual pensar de la religión como buenamente le parezca, o incluso no pensar nada, si así le place; y unámonos todos en lo que a todos realmente nos interesa, que en este momento es ¡y bien urgentemente! la paz». Tal parece ser el tácito mensaje que reflejan todos los ojos, y tal es en síntesis el que venimos llamando «espíritu de Asís».

Mensaje ya arrollador por su carga sentimental. Con el peligro de que el sentimiento esfume nuestro interés por su contenido ideológico. Como ocurre -¡sorprendentemente!- con el himno de la alegría que compuso Beethooven sobre poema de Schiller y que ha sido cordialmente aceptado por toda Europa como su himno oficial. Dicho poema, en su segunda estrofa, manda alejarse llorando de la hermandad humana a quien no haya conseguido un amigo, una mujer amable o siquiera «pueda llamar suya un alma tan sólo sobre la redondez de la tierra». No sé qué distancia puede haber entre esta exclusión y las que inspira el racismo. Pero hemos optado por el sentimiento y pasamos alarmantemente de las ideas, aun a riesgo de destruir los valores a los que, sinceramente, se vuelca el primero.

A consolidar y estabilizar este nuevo sentimiento de hermandad, superior a toda diferencia religiosa, viene en Asís la solemnidad y dignidad de una liturgia cultual, que ha superado ya la chabacanería y el guitarreo demasiado abundantes en el inmediato posconcilio. ¿Le llamaremos la síntesis definitiva que Hegel manda venga después de la tesis y de la antítesis en todo proceso evolutivo? ¿Le llamaremos superación definitiva de una crisis de crecimiento? Los nombres son libres. Pero el resultado es que la fuerza imponente de la liturgia cultual, conocida, experimentada y custodiada hasta el extremo durante muchos siglos en la Iglesia, está ahora, al menos en Asís, connaturalmente (¿connaturalmente?) volcada hacia la afirmación de un espíritu que diverge en 180 grados del de aquellos siglos. A base de decir sin decir y regar sin mojarse están ya preparadas las mentes de muchos, hasta ahora, fieles de diversas religiones -incluso la católica- para aceptar una nueva superreligión que abrace y absorba a todas y termine con toda discriminación y conflicto, constituyendose en fuente de recíproca comprensión y armonía. Símbolo de tal religión universal puede ser la capilla que, según noticias, existe en Kansas City en cierta casa de oración fundada por un sacerdote católico. Dicha capilla continúe una serie de oratorios dedicados respectivamente a Shiva, a Buda, a las Sagradas Escrituras, a Nuestra Señora de Guadalupe, al Crucifijo y al Sagrario eucarístico.

No sé si a alguno de mis lectores le sonarán estos apuntes míos a crítica impertinente. Si existe tal lector le invito amablemente a considerar que el Evangelio en ninguna de sus páginas nos manda tener los ojos cerrados. Al contrario, se nos exhorta a que, al menos en determinados peligros extremos, los tengamos bien abiertos: los nuestros individuales, los que cada uno de nosotros tenemos bajo la frente; a pesar de no los hay perfectos y de que su visión, por muy certera y objetiva que sea, ha de estar, como todo nuestro actuar, necesariamente modalizada por nuestras subjetivas peculiaridades personales.

Y, paradójicamente, gracias precisamente a esta precariedad de nuestra visión -a veces no solo modalizada legítimamente, sino francamente equivocada- es posible que las muchas personas de buena voluntad que abundan en toda religión, llevadas de un sincerísimo deseo de la paz, se inflamen en común y ferviente plegaria que conmueva la entrañas de un Dios volcado hacia una humanidad, que nunca a superado ni superará la infancia.

Alberto Basabe. Doctor en Filosofía. Profesor de la Universidad de Deusto, E.U.T.G.

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