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LA ENCICLICA VERITATIS SPLENDOR
Llegó, y como todas las cosas buenas, llegó en hora buena. Pero tarde. Como su antecesor, el Catecismo de la Iglesia Católica. Noté la tardanza y sus efectos en artículo publicado en este mismo Diario el 22 de Julio del año pasado. Hablaba en él de una generación entera, de características únicas en la Historia, la generación que ahora está llegando a la paternidad y cristalizando su personalidad, formada en un pluralismo doctrinal pretendidamente enriquecedor, pero realmente caótico. Por eso, el nudo delicadísimo «verdad-libertad-moralidad», clave de la Encíclica, no ha gozado hasta ahora de solución más hábil que la que aplicó al gordiano Alejandro Magno. Nos hemos contentado con decir de la verdad que a ver qué es eso, y que cada uno tiene derecho a formarse sus propias opiniones; de la libertad, que es el primero de los valores y que no tiene más límites que los que le ponen los derechos de los demás cuando choca con ellos: norma tan clara como definir la frontera entre dos naciones, A y B, diciendo que el territorio de A termina donde empieza el de B, y el de B donde comienza el de A, sin señalar ningún punto geográfico que fije el trazado. Y sobre la moralidad se amontonan (es la palabra que emplea proféticamente San Pablo, 2 Tim. 4-3) los maestros que hacen agradable una disciplina como la ética, de suyo ardua y con frecuencia incluso amarga.
Estas soluciones, convalidadas sólo a base de repetirlas incansablemente, no son capaces de producir más que hombres de paja. Menos mal que Dios existe y logra que, sobre todo en la gente silenciosa -que es mucha-, entre en acción el sentido común, consiguiendo que al menos no se generalice la guerra de todos contra todos, ya apuntada en varias regiones de la tierra.
La Veritatis Splendor, aunque tarde, puede todavía cohesionar y fortalecer nuestra mente y nuestra actuación. La verdad -viene a decir la Encíclica- es única, objetiva y universalmente válida. Es accesible a todo hombre o colectividad dotada de buena voluntad. No hay más que dejarse cautivar por su esplendor. En la verdad - que en último término es Cristo mismo- se fundamenta la moralidad, que suaviza su aspereza gracias a la presencia de Cristo y a la libertad que proporciona; y, por eso mismo, esta última deja de estar opuesta a la moralidad. Y «cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución» (n. 101).
He aquí el reto. Salvar la convivencia en libertad personal, social y política, pero aceptando todos esa única resplandeciente verdad, generadora de libertad y moralidad. Porque «después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo -la primera entre ellas el marxismo- , existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y por la absorción en la política de la inquietud misma religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, si no existe una verdad última -la cual guía y orienta la acción política- entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia». (ibid.)
Alberto Basabe Martín
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