Página Web del Sr. Alberto Martín Basabe, donde pueden verse artículos publicados en diferentes medios de comunicación

Fotografía de un Amanecer
Albamar;

ARTÍCULOS

EL SACERDOCIO FEMENINO

Publicado el domingo 29 de Nov. 92. Me suprimen las frases que pongo ahora entre paréntesis.

Es cuestión de espíritu. No de fuerza y ni siquiera de inteligencia. Cuando las "máquinas", por rudimentarias, rendían en proporción directa de la fuerza del que las manejaba, el varón descollaba indiscutiblemente sobre la mujer. Pero ahora una niña de doce años, convenientemente adiestrada, puede manejar a pleno rendimiento un tractor o una excavadora. ¿Será, entonces, que la superioridad del varón está en la inteligencia? Nuevo fracaso. Las aulas de las universidades, llenas ya de varones y mujeres a partes iguales, (ponen en evidencia que ni la inteligencia ni cualidad alguna de nivel superior (inventiva literaria o técnica, capacidad de liderazgo y hasta de gobierno, etc.) están en función del sexo).

Queda el espíritu, esa última fuente sustancial de luz, amor y fecundidad; de libertad, energía, gratitud, respeto y religiosidad (; fuente que, de vez en cuando, al sumergirnos en nuestro propio yo, descubrimos como algo que ahí estaba desde el principio de nuestra vida, perpetuamente joven y absolutamente invulnerable desde fuera de nosotros mismos). Y ¡claro que no! Si en algo no supera el varón a la mujer, ni viceversa, es en el espíritu. El sexo no lo determina sustancialmente, justamente lo modaliza y diferencia accidentalmente.

Pero hete aquí que la religión es cosa del espíritu, y el sacerdote algo así como el animador espiritual de una comunidad de fieles. ¿Entonces por qué no va a poder ser también femenino el sacerdocio?

¿Pero el sacerdocio, al menos el católico, consiste sólo en animar espiritualmente y según la fe a una determinada comunidad que la profesa? "Alter Christus", otro Cristo, ha sido la escueta y perpetua definición del sacerdote cristiano; o de otra forma, continuador, al servicio del Obispo y llamado por él, de la misión docente, redentora y santificadora que Cristo, Hijo de Dios y Enviado del Padre, trajo a la tierra y consumó con su muerte en la cruz y su resurrección. Esto complica un poco la simplicidad de líneas del mero "animador espiritual" y, sobre todo, nos traslada a esa región, molesta por lo misteriosa y sobrehumana, que se puede llamar "trascendental" o "sobrenatural" o "divina". Hoy nos encontramos sensibilizados, quizás más que en otras épocas ¡y enhorabuena!, ante un prójimo que se nos presenta simplemente como otro yo aquejado de dolores y problemas como los míos: enfermedad, penuria, soledad, depresión, etc. Pero estamos olvidando la ciencia de levantar los ojos al cielo y penetrarlos con la fe, para ver en ellos un Padre que tiene sobre nosotros proyectos de vida y felicidad ultraterrenas que no alcanzamos ni siquiera a sospechar, y que nos ve resistentes a ellos en grado y modos que nos aterrarían si los conociéramos. ¿Pero el sacerdocio, al menos el católico, consiste sólo en animar espiritualmente y según la fe a una determinada comunidad que la profesa? "Alter Christus", otro Cristo, ha sido la escueta y perpetua definición del sacerdote cristiano; o de otra forma, continuador, al servicio del Obispo y llamado por él, de la misión docente, redentora y santificadora que Cristo, Hijo de Dios y Enviado del Padre, trajo a la tierra y consumó con su muerte en la cruz y su resurrección. Esto complica un poco la simplicidad de líneas del mero "animador espiritual" y, sobre todo, nos traslada a esa región, molesta por lo misteriosa y sobrehumana, que se puede llamar "trascendental" o "sobrenatural" o "divina". Hoy nos encontramos sensibilizados, quizás más que en otras épocas ¡y enhorabuena!, ante un prójimo que se nos presenta simplemente como otro yo aquejado de dolores y problemas como los míos: enfermedad, penuria, soledad, depresión, etc. Pero estamos olvidando la ciencia de levantar los ojos al cielo y penetrarlos con la fe, para ver en ellos un Padre que tiene sobre nosotros proyectos de vida y felicidad ultraterrenas que no alcanzamos ni siquiera a sospechar, y que nos ve resistentes a ellos en grado y modos que nos aterrarían si los conociéramos.

Esta es, para formularla de alguna manera, la región que llamaba de lo trascendental. Y es precisamente la región en que se mueve eminentemente el sacerdote católico. Cuenta éste con el sacrificio de Cristo que, de modo misterioso, ha vencido esas nuestras ocultas resistencias; y ha sido ordenado para convertirse en el perpetuador de ese sacrificio.

Ya se vislumbra así que el problema se complica. Porque si con el esquema del animador espiritual no se veía incapacidad para el sacerdocio ni en hombres ni en mujeres, con este nuevo esquema del renovador perpetuo del sacrificio de Cristo lo que no se ve es la capacidad. Es decir, ni hombres ni mujeres somos capaces de ser sacerdotes. Somos tan incapaces como lo somos de llegar a la luna a base solo de dar un saltito. Si de eso se tratara, sería ridículo pensar que los varones serían menos ineptos porque, por norma general, son más altos y más ágiles.

En resumen, el sacerdocio cristiano es un misterio divino. Y ante los misterios divinos hay que poner en activo lo más escondido de nuestro espíritu: la adoración y el respeto. Adoración y respeto por parte de todos, empezando por los mismos sacerdotes, a Dios, que ha manifestado muy suficientemente, en la actitud de Cristo y de su Iglesia, su libre e inmotivada preferencia por el varón. Jesucristo demostró hasta la saciedad que le sobraba libertad para desprenderse de las presiones ambientales cuando así lo quería. Por mencionar algún gesto, su afrontamiento consciente de la cruz tuvo, entre otros muchos valores, el de ser un acto supremo de libertad y dominio de servidumbres. Más aún, mostró por las mujeres, empezando, claro está, por su misma madre, una estima y respeto inusuales entonces. Por lo tanto, si escogió para el primer colegio episcopal solamente a varones fue simplemente porque así lo quiso, y no por acomodarse al ambiente, aunque su modo de proceder coincidiera materialmente con él.

Y respecto a la Iglesia, parece que veinte siglos de persistencia universal y constante en una misma actitud son demasiados siglos. Yo, al menos, no me atrevo a presumir en ella tanta terquedad y ceguera, y menos en asunto que, por lo visto, es tan obvio y claro. No somos la primera generación de la historia que se hace lúcidamente cargo de las cosas.

Alberto Basabe (Doctor en Filosofía, Profesor en la Universidad de Deusto, Campus de San Sebastián)

Descargar el artículo en formato PDF