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ATAQUE A LAS CUMBRES
Tras las cumbres terrenas, escalemos también las celestiales. Desaparecida la vigencia de la fuerza muscular como medio imprescindible para dominar la naturaleza, destronado, además, el varón de su sede de rey de la creación y despojado de su bíblico título por el vendaval igualitario y desacralizador, ha llegado la hora de la mujer. Esta asienta ya su presencia ¡y bien eficaz! en todos los campos del quehacer y del influir humanos, sin cumbre que se le resista. La avasalladora vigencia de los derechos humanos ha inyectado en los espíritus, al menos en los selectos, sutileza, sensibilidad y respeto. Pero como son virtudes que circulan con más ligereza por la delicada fisiopsicología femenina que por la más resistente masculina, suavizando y agilizando su actuación y su inteligencia, han dado como resultado en la mujer un nivel de valer... que es mejor no comparar con el del varón por aquello de que hacerlo resulta odioso.
No es, pues extraño que se nos haya presentado con tanta fuerza el cuestionamiento y la protesta por la exclusión de la mujer del ámbito del sacerdocio ministerial, y que se haya desatado entre muchas la ambición de poseerlo. A pesar de estar cubierto por los velos de la fe, la divina grandeza de los poderes sacerdotales se trasluce y ejerce un gran atractivo. Sobre todo en quien no considere que el sacerdocio, el auténtico sacerdocio, la participación ministerial del sacerdocio de Cristo, está tan lejos de cualquier tipo de gloria humana como lo está la cruz. El sacerdocio auténtico no admite otro modo de realizarse que uniéndose a la oblación total de Jesucristo en la cruz.
Y aquí está la paradoja que nos tiene que hacer reflexionar. ¿Cómo puede ser total una oblación desprovista del elemento medular de la obediencia? Que es el signo preciso de la totalidad que exige lo sagrado. La sacerdotisa cristiana se encontraría siempre en una situación inauténtica.
Pero -dirá- ¿por qué se me prohíbe el sacerdocio?¿Por qué yo mujer he de ser privada de un bien, aunque sea el bien amargo de la oblación en la cruz, por el simple hecho de ser mujer. La injusta discriminación hace que algo muy hondo se rebele en mí, que la misma indignación me impide ver bien qué es, si el amor propio, la dignidad o el espíritu de santidad. ¡Ya está bien!
La indignación tiene un atractivo peligroso. Quien se indigna sufre por el mal que le indigna, pero a la vez canoniza la conducta contraria, con la cual se declara identificado. Así que la indignación es rúbrica de nuestra justicia. Aquí radica su atractivo. Tanto que más de una vez nos sorprenderemos provocando en nosotros mismos una indignación puramente política, es decir, suscitada para suplir la justicia que falta a nuestro modo de pensar o proceder: al cual canonizamos indignándonos contra quien se atreva a demostrarnos su injusticia.
Lejos de mí calificar como política la indignación de una mujer por su discriminación ante el sacerdocio. En el fondo es sentida como una agresión a la integridad de la propia personalidad. Y agresiones de ese tipo deben despertar nuestra indignación. La prohibición del sacerdocio femenino es sentida como la negación del valor positivo de una condición constitutiva básica, como es nuestra condición masculina o femenina. Como si el ser mujer fuera una deformidad de la naturaleza. La indignación es aquí la alternativa obligada al desconcierto radical de la personalidad, que queda incapacitada para la más elemental autoestima.
¿Pero son así las cosas? ¿Cómo es entonces posible que, en los 2.000 años de historia del sacerdocio cristiano, tantas mujeres, a las que seriamente no se les puede negar ni cultura ni madurez ni piedad, hayan sobrellevado semejante mutilación con dulzura y contento y sin siquiera darse por enteradas?¿O va a ser la nuestra la primera generación cristiana liberada del espíritu borreguil?
A quien ciertamente no aprisionaba tal espíritu era a María, la madre de Jesús. No le faltó, si a alguna, madurez, dignidad ni santidad, inmensamente superiores a las de los apóstoles. Sin embargo, fue excluida del sacerdocio. En consecuencia careció del poder de consagrar el Cuerpo de Cristo y de perdonar los pecados, mientras los apóstoles que la rodeaban podían hacerlo. En compensación, sin embargo, los dones de que María estaba llena -y proporcionadamente Dios no niega a ninguna mujer- contenían abundantemente todo el gozo y la gloria que le hubiera aportado el sacerdocio. Comunicar a la humanidad el rostro maternal de Dios es un género de sacerdocio capaz de realizar plena y gozosamente a cualquier mujer, y tan necesario o más en la Iglesia como el ministerial. A este género de sacerdocio se le puede llamar maternidad sacerdotal. La presencia en la Iglesia del sacerdocio ministerial y a cargo de varones ha permitido a lo largo de los siglos, a multitud de mujeres, llamadas a participar con María de esa maternidad sacerdotal, dedicarse a ella, precisamente por estar auxiliadas por el ministerio de los sacerdotes y liberadas de la pesada carga de ese ministerio.
No, no es ninguna deformidad la feminidad, sino un modo de ser noble y valioso. Ni inferior ni superior al del varón, sino diferente; y ¡bien conveniente y complementario para él!, que si es el rey y representante del género humano, no es más que un pobre rey y representante del género humano.
Alberto Basabe
Enviado el 30 nov.03. Publicado el 4 enero 04
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