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Tolerancia y ley de Dios
La rabia es una pasión inútil. Destruye a quien la concibe y no hace más que fomentar odio y venganza, que son pasiones perversas por muy justificadas que las sintamos. Vale más sacudir la conciencia y despertarla; aunque se trate de la conciencia del inocente y no la del culpable, tanto más difícil de despertar cuanto más grave sea su crimen. Los culpables se ríen de la alarma que producen en la gente de manos blancas. Pero entre éstos, que somos la inmensa mayoría, es ya palpable la sacudida de las conciencias.
La conciencia sacudida eleva al podio de los valores al que realmente tiene que ocuparlo: la ley de Dios. El «no matarás» recobra la candente exigencia con que salió de la boca de Dios en la cumbre del Sinaí. El que la ley de Dios recupere su honor social y hasta político es la mayor de nuestras necesidades. Mayor incluso que la salvaguarda de los valores democráticos, maraña de conceptos que se destruyen los unos a los otros si no están engarzados en las tablas de la ley.
¿Cómo puede, por ejemplo, encajar en la normalidad de la vida política un incidente que ha obligado a nuestro lehendakari a manifestar ante nuestra suprema asamblea esta gravísima protesta: «Pongo al Parlamento por testigo de que se me ha hecho un juicio y no sabemos qué puede pasar..., ya que ustedes apuntan y otros disparan»? ¿Y como puede él mismo justificar además el agravio admirándose ante la grandeza de la democracia que permite que un parlamentario HB pueda decir en la Cámara «toda clase de disparates y vergonzosas imputaciones y salir tan tranquilo»? (DV. 9 de Marzo) ¿No llega a ser intolerable tanta tolerancia? ¿No estamos atrapados en las redes de una ideología confusa y hasta contradictoria que exalta conceptos que nos dejan maniatados ante su propia fuerza destructora?
No es necesario renunciar a la democracia, la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Que sigan en pie. Pero tratemos de fundamentar estos valores no en nuestro soberano entender, querer y sentir, sino ante todo en el entender, querer y sentir de Dios. Así nos liberaremos de rabias inútiles y contradicciones internas, y sabremos conjugar la condena eficaz del mal con la tolerancia y el respeto incluso con el malhechor.
Alberto Basabe
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