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EL SEGUNDO DIA DE PASCUA
En rojo en el calendario. Vacación y eso que llaman puente. Para muchos, vacación dentro de vacaciones. Viajes, expansión y consoladoras estadísticas que nos hablan de varios muertos menos que el año pasado por estas fechas. Y allá, en la lejanía de la memoria, en su límite con el olvido, el motivo: es la Pascua. Palabra familiar por repetida en nuestras felicitaciones, pero bastante incógnita y hasta misteriosa. Los que saben de ello nos hablan de «el misterio pascual», tranquilizando nuestra ignorancia y justificando nuestro olvido. "Déjalo. No es para ti. Tú de misterios no entiendes".
Ni yo. Pero acerquémonos dando al menos un pasito. Bien sencillo. Si es el segundo día, será porque viene detrás del primero. ¿Y cuál es el primero? Pues el Domingo de Resurrección. Con esta palabra ya lo entendemos mejor. La resurrección de Cristo es un acontecimiento de tal plenitud que no cabe ser celebrado en un solo día. Rebosa por lo menos hasta llenar dos. Eso, en la celebración: porque, en la realidad, llena la historia entera de toda la humanidad. Si algún origen tiene plenitud de luz y de vida es el del cristianismo en el día de la resurrección de Cristo. Por eso, los cristianos caminamos hacia adelante con la vista vuelta hacia atrás, al origen, al día primero por excelencia. Nuestro progresismo es muy especial. No es un caminar con la humanidad, adonde quiera que ésta vaya, siempre mirando adelante y sólo adelante. La sociología y el futuro merecen ciertamente sus respetos. Pero restringiéndonos a ellos llenamos nuestra vida de un «todavía no», exclusivo y absorbente, que es, en el fondo, pura negatividad. El cristianismo es eminentemente (aunque no exclusivamente) un «ya sí», cargado de positividad. Y en ello consiste nuestro mirar hacia atrás. La redención y la resurrección ya están hechas.
La generación que ya miramos muy de cerca a la vejez, no hemos conocido la ya institución social del «fin de semana», sino pasadas la niñez y la adolescencia. Durante ellas envidiábamos en las películas aquel mundo americano, lejanísimo aunque contemporáneo, en que al sábado y al domingo les llamaban el fin de semana y gozaban en él de inmenso espacio de vacación y viajes con total olvido de colegios y trabajos. Hace ya decenios que, con mala puntería para nosotros, también por estos lares disfrutamos más o menos extensamente de tal celebración. Es verdad que, con el progreso técnico, hay que invertir menos tiempo en el trabajo productivo. Pero con la denominación «fin de semana» se nos ha impuesto sutilmente una nueva mentalidad: la de que el domingo es el último día de la semana; es decir, que ya no es el primero y el origen. Es la extensión al cristianismo de la mentalidad judía. Para el judaísmo la semana no empieza, sino acaba. El sábado no es el día del origen, sino el del descanso. Los seis anteriores son días de trabajo, días en que todavía no se ha llegado a la plenitud y por eso hay que trabajar para llegar a ella. El cristianismo comienza, "el primer día de la semana" (Mt. 28,1), con esa plenitud, «la plenitud de los tiempos»; y el trabajo es su desborde. El cristiano también trabaja. Pero trabaja por desborde de alegría. Trabaja no para gozar, al fin, de un descanso; sino porque ya goza de él. Por eso para el cristiano, en pura teología y tradición cristiana, todos los días, aún los de trabajo, son fiesta.
Los días de la semana mantienen en casi todo el mundo latino los nombres que les dieron los romanos. Así el lunes es el día de la luna, el martes el de Marte, el miércoles el de Mercurio, el jueves el de Júpiter y el viernes el de Venus. Para ningún cristiano encierran ya estos nombres peligro alguno de sustitución de su mentalidad propia por la pagana romana. A nadie se le ocurre ponerse los jueves a adorar a Júpiter. Pero no ocurría así en los primeros siglos. San Cesáreo de Arlés, el sexto, tiene que reprender en uno de sus sermones a los cristianos que suspenden su trabajo el jueves en honor a Júpiter. Por eso, la Jerarquía concibió el plan de cambiar los nombres de la semana. Y al lunes le llamó «fiesta segunda» (feria secunda, en latín), al martes «fiesta tercera», etc. Como se ve, todos los días resultaban ser festivos, y además la cuenta empezaba a partir del domingo, el día del Señor (dominus), que era el primer día de la semana, no el último.
¿No convendrá aprovechar la vacación del segundo día de Pascua para desempolvar "misterios" (que los son ciertamente) y corregir mentalidades?
Alberto Basabe Martín. Doctor en Filosofía. Profesor en la Universidad de Deusto, campus de San Sebastián.
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