

ARTÍCULOS
Sr. Pagola: Cuando, contando sólo con siete años, fui catequizado para recibir la primera comunión, nuestro catequista, un hermano de las Escuelas Cristianas, nos dijo un día ya cercano al señalado para la ceremonia: Vamos a ir a la capilla y haremos un ensayo general del acto. Todo será igual. La única diferencia será que las hostias que os ponga en la lengua no estarán consagradas: no está en ellas el cuerpo de Cristo. Lo entendí perfectamente y, según creo, también lo entendieron todos mis compañeros. En efecto, fuimos a la capilla, allá el hermano catequista tenía ya preparado un copón lleno de hostias "de mentira", nos fuimos acercando al comulgatorio, con mucha seriedad, recibimos cada uno nuestra hostia y nos retiramos a nuestros puestos para realizar los actos interiores que habíamos de hacer, ya de verdad, el día de la solemnidad. No tardó en llegar. De mí sé decir que supe distinguir perfectamente la verdad de aquel día de la mentira del ensayo. En aquella hostia, igualita en apariencia a la anterior, estaba de verdad Jesucristo. No había confusión posible. No me monté ningún lío interior con el concepto de sustancia como "realidad profunda", ni con el de "transubstanciación", que creo que ni lo había oído pronunciar. Y, por lo que he podido captar, a lo largo de los años preconciliares no existía entre los cristianos de sencilla buena voluntad tal confusión. Hasta que se nos ordenó tenerla haciéndonos creer que la mentalidad moderna no es apta para tales conceptos. La sustancia y el accidente son conceptos, a nivel vulgar, perfectamente adaptados a la mentalidad humana preconciliar y posconciliar. ¿Quién que haya salido a la calle, antes o después del Concilio, y se encuentre con su amigo Juan y perciba de él que ha engordado, no vuelve a su casa diciendo "He visto a Juan; ha engordado mucho"? ¿Tan difícil es distinguir entre Juan y su gordura, y entender que Juan es lo permanente y básico, y su gordura lo adherido y transitorio? ¿Quién entre los que escuchan nuestra noticia nos va a corregir diciendo "No digas he visto a Juan, sino he visto los accidentes de Juan"? La sustancia no es un misterioso núcleo invisible e impalpable que los filósofos han creído adivinar en lo profundo de las cosas, oculto bajo varias capas de accidentes. La sustancia es la cosa misma entera que vemos y palpamos. Y los accidentes son las afecciones, cualidades, etc. de esas cosas. Y no hace falta más filosofía para entender la palabra transubstanciación. ¿No es mucho más confuso el "sirven para" de la explicación alternativa que Vd. nos da con la frase "El pan y el vino consagrados sirven para que se realice esa donación de Cristo"? Me dirá Vd. que ese servicio es el efecto del carácter realizador que el pan y el vino adquieren con la consagración.
Alberto Basabe Martín
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