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¿BARBARO ATENTADO?
Son importantes los valores en juego en la actual discusión sobre el cerro de San Bartolomé y la imagen del Sagrado Corazón. Y además, uno de esos valores pertenece al ámbito de lo sagrado, que provoca en el fondo del humano psiquismo, y mucho antes de que lo invada la deliberación consciente, una actitud estremecida de respeto y veneración, que nos retrae de manosearlo y, mucho más, de manipularlo. Por eso, nos es necesario aplicar a este conjunto de valores toda nuestra atención, pues de la respuesta que les demos depende el progreso o regreso de nuestra personalidad ética, que es la única de nuestras posesiones que nos vamos a llevar al otro mundo, tal cual ella esté cuando nos llegue la hora.
Además del valor religioso, interviene aquí el histórico y el urbanístico. El Sr. Olaverri, en artículo suyo publicado el pasado día 15, muestra conocer muy bien estos dos últimos. Pero no valora atinadamente el primero. Lo relega a la intimidad espiritual y subjetiva, que todos sabemos lo insegura e irreal que puede llegar a ser, si cae en manos del vaivén inestable de los puros sentimientos. Sin embargo, a los otros dos los avala con el prestigio de lo real y lo objetivo.
Así, en un legítimo alarde de análisis, encuentra que no son equiparables entre sí el respectivo valor histórico del castillo de la Mota, las murallas del Boulevard y el cerro de San Bartolomé. Y razona su aserto con la Historia y sus vestigios reales en la mano ¡Y enhorabuena por su análisis y su razonamiento! Pero considera que es un «bárbaro atentado» el habere construido la estatua del Sagrado Corazón en la cima del castillo. Y aduce sus razones, que, sintetizadas, son dos: primera, la hostilidad de la primera corporación municipal franquista, que, con su decisión de levantar la estatua, «quiso dar una lección a los rojos, masones y separatistas», y segunda, la afortunada circunstancia histórica actual de la separación entre la iglesia y el estado. «La religión ha dejado de ser utilizada como forma de ostentación para convertirse fundamentalmente en una decisión íntima y espiritual», muy respetable, por cierto, pero reducida al ámbito sentimental: irreal y voluble.
Sr. Olaverri, si la primera corporación municipal franquista quiso o no dar una lección a los rojos, masones y separatistas, yo no lo sé; ni afecta para nada a la cuestión. ¡Allá ellos con sus sentimientos de hostilidad, si los tuvieron! Lo que sí sé es que la estatua del Sagrado Corazón se alzó sobre el castillo de la Mota con el consentimiento de la inmensa mayoría del pueblo donostiarra y con la colaboración de muchísimos de ellos.
En aquellos tiempos, que eran tan «tiempos» por lo menos como los actuales, la religión cristiana no se reducía todavía a mero conjunto de nobles sentimientos subjetivos, sino que era, al menos para los cristianos, un sistema de verdades objetivas y reales perfectamente fundamentado y culminado en el dogma de la divinidad de Jesucristo, que exigía, además, un comportamiento informado por el amor indiscriminado a todas las personas. Se eligió el monte Urgull, de alguna manera el corazón de la ciudad, para significar lo cercano y cordial que aquellos donostiarras querían que fuera Jesucristo para ellos. Y, cuando lo colocaron en la cima del castillo, no vieron en ello ningún «bárbaro atentado», sino que con toda naturalidad lo encontraron muy de acuerdo con su creencia en la realeza universal del Sagrado Corazón de Jesús, que, sin destruir ninguno de los valores humanos, a todos los preside y los realza.
En esta mentalidad no hay, Sr. Olaverri, ningún deseo de ostentación ni de invasión de las competencias del estado. No hay más que pura lógica y coherencia mental, que no menoscaba para nada la más respetuosa intimidad sentimental.
Alberto Basabe Martín
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