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MEJOR ES ESCUCHAR
Es risa fácil la que ha suscitado el obispo de Vic. Parece que ha invitado a los católicos a que vistan ropas que oculten «los movimientos voluptuosos del cuerpo», y que afirma que la ropa «ha de ser una protección de la honestidad y un escudo contra la sensualidad desordenada».
Y la que se ríe es pluma que admiro por su ingenio rico y rápido y su capacidad de síntesis de la actualidad de cada día. Es pluma que enseña, al menos a un servidor. Enseña cosas que se aprenden. Hay otros «enseñares», que también enseñan «cosas»; pero no para «aprenderlas», sino para «aprehenderlas». ¡Vaya, lo que puede sugerir una simple «h» intercalada! Pero parece que algunos no ven distinción de nobleza entre ambas grafías. El obispo de Vic, por lo visto, sí. Para él se ha acabado el cuento. En el de Caperucita Roja el lobo se disfrazaba de cándida y benéfica abuela. En el nuestro la lujuria se ha disfrazado de edificante y refrigerante virtud. Y hasta se ha multiplicado en varias de ellas. «Enseñar» esas «cosas» es ahora «generosidad». Aceptar lo «enseñado» es comprensión y condescendencia. Y «aprehenderlo», libertad, y hasta riqueza; porque, como son muchas las «cosas» que se enseñan, se «aprehenden» también muchas y «de muchas». No importa. Eso de la unicidad es estrechez y retroceso. En la pluralidad está la anchura de espíritu, la riqueza y el progreso.
Y como somos todavía más cándidos que Caperucita, nos hemos quedado encandilados con la dulzura del disfraz, y nos hace reír quien nos quiere sacar de ella. Es nuestro modo de defendernos.
Yo, al menos, creo que mejor sería ponernos serios y escuchar.
© Alberto Basabe Martín
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