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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

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Liberación, naturaleza y religión

Cunde el prestigio del concepto de liberación. Es valor que nos parece encontrar a todos los niveles: cultural, político, psíquico, religioso... Nos resulta, a la vez una presencia y una esperanza, gozosas ambas y hasta exultantes. Pero surge un nubarrón en el horizonte: Dios y su ley, es decir, el ámbito de la religión. De ella nacen exigencias que se nos antojan contrarias a las de la liberación. Sumisión contra autonomía, obediencia contra libertad, y en definitiva «no» contra «sí». Es un «no» abrumador. Los mandamientos están casi todos precedidos por un «no», y la religión parece un código de prohibiciones.

En consecuencia es rechazada como un estorbo y se centra la atención en la propia naturaleza humana tal cual es percibida y sentida espontáneamente. Tendencias, sentimientos, simpatías, repulsiones, indignaciones, en resumen, las afecciones inmediatas del yo, se convierten sin más en motores de la acción y determinantes del pensamiento.

Con lo cual ocurre que la libertad, la locomotora del tren de la liberación, pasa a ser el vagón de cola, y va al arrastre de los deseos y hasta es sorprendentemente preterida en el concepto mismo de naturaleza humana. Me admira que cuando se la quiere describir se fije la atención el la configuración genética, fisiológica y psíquica y se olviden, por ejemplo, los apellidos que llevamos. Se dirá que detalle tan postizo pierde importancia ante la raigambre de los factores mencionados. Pero quizás no se observa que los apellidos nos remiten a nuestros padres y, en consecuencia, al hecho de nuestra generación. Y que ésta es producto de un acto libre de los progenitores, puesto además, con mucha frecuencia, en el contexto de una convivencia estable libremente pretendida, sancionada y mantenida por ellos. Así resulta que algo tan profundo y radical de nuestra naturaleza como es la constitución genética, el mismísimo DNA, vamos, está condicionado por un libre y voluntario acuerdo, susceptible de ser bien o mal tomado, es decir, merecedor de una sanción moral. Es decir, que la libertad, la voluntad, los acuerdos entre las personas, el bien, el mal y la moral también son elementos constitutivos de la naturaleza humana, y más importantes y radicales que los genes, las configuraciones y las tendencias, que también, por supuesto, pertenecen a ella.

Ahora bien, el campo donde incide la religión es precisamente ese, la libertad, la voluntad y la razón. Habrá que investigar, por lo tanto, si la religión lo sanea o lo enferma, lo integra o lo corrompe, lo eleva o lo degrada. Porque del resultado de esta investigación dependerá el decidir si la religión está con el hombre o contra él, lo libera o lo esclaviza. Que no se ve qué liberación puede coexistir con la enfermedad, la corrupción o la degradación. A estos males es a los que la religión dice «no».

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