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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

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LA LITURGIA LITUANA

«Los ritos al uso en la Iglesia católica báltica que el Papa Juan Pablo II ha visitado a lo largo de esta semana son diferentes. Muchos de ellos, por los que el tiempo no parece haber pasado, resultan chocantes desde una óptica occidental actual y, más concretamente, española. Además de seguir oficiando las misas de espaldas a los feligreses, de tener prohibido la participación de grupos musicales o coros juveniles en las misas y negarse a dar la comunión con arreglo al nuevo rito, los párrocos lituanos han seguido utilizando hasta hace poco el latín como lengua de oración». (DV. domingo 12-9-93).

El párrafo pertenece a una crónica sobre la visita del Papa a Lituania, firmada por Rafael M. Mañueco. Que ya sé que no es teólogo, sino algo actualmente mucho más importante: periodista. No hay ironía, y ni siquiera guasa. Simplemente testifico un hecho. El periodista relata acontecimientos y refleja mentalidades generalizadas. Pero como éstas últimas son el sustituto actual de lo que antes llamábamos verdad y certeza, se convierten en normas y hasta órdenes del pensar general.

Habla de los ritos de la Misa y dice que el tiempo no ha pasado por ellos. Se supone, pues, que todas las cosas, aún las más sagradas («sagrado», etimológicamente, significa intocable), deben cambiar con el tiempo. De lo contrario, corremos el peligro de que nos «choquen». Según el cronista, hay varios choques que la liturgia báltica no ha sabido o no ha podido todavía evitar: la pertinacia multisecular de un sacerdote empeñado en dar la espalda al público, la falta de animación musical juvenil, la comunión de rodillas y en la boca, no en la mano, y por fin el latín «como lengua de oración».

La generación a la que pertenezco y muchas innumerables anteriores no experimentábamos ningún choque por ninguna de esas cuatro causas. Hasta que un buen día, desde instancias superiores, nos convencieron de que esos cuatro choques existían y nos resultaban muy traumáticos. En consecuencia, se suprimieron. El sacerdote se dio media vuelta y se puso de cara a la gente. Se avivó la intercomunicación, desapareció el aburrimiento (cosas ambas muy positivas), pero, insensiblemente, se acrecentó el respeto humano. Consecuencia lógica. De tanto mirarnos unos a otros, hemos llegado a sentir la misa como un acto primariamente social. Es una asamblea de fieles, con un presidente al frente, que, de volvérsenos de espaldas, cometería una falta de educación, como en cualquier otra asamblea. Y en las asambleas humanas pintan los respetos humanos: los legítimos y, por la debilidad humana, también los ilegítimos. De hecho, actualmente, en los actos litúrgicos, quien quiera arrodillarse, y pueda hacerlo porque no le han quitado el reclinatorio, tiene que afrontar el riesgo de singularizarse y sentir el mordisco de la vergüenza.

En la liturgia lituana, la antigua y tradicional, el centro es el tríptico «sagrario-crucifijo-altar», allá en el fondo y, a poder ser, mirando hacia oriente. A ese centro miran todos. Y el primero ¡claro está! el sacerdote. De resultas, nos daba la espalda: como el pastor la da a las ovejas cuando se pone a andar delante de ellas, o como el capitán a sus soldados en una batalla o un desfile.

Tampoco les ha chocado a los lituanos el «tener prohibida en sus misas la participación de grupos musicales o coros juveniles». También esta actuación tiene sus valores positivos, y puede muy bien propiciar una auténtica devoción, sobre todo en los jóvenes. Pero, disminuido o no sé si suprimido del todo el sentido de lo sagrado, esta música está en peligro de degenerar en un vulgar guitarreo, atraído por la cacofonía del rock.

Lo que el cronista llama «la comunión con arreglo al nuevo rito» es, sin duda la comunión de pie y con licencia para recibirla en la mano. Son gestos que inducen a pensar que algo que se puede tomar de pie y en la mano, sin necesidad de que ésta haya sido sacralizada con la unción sacerdotal, no es tan sagrada como se nos había hecho creer: se trata, en sustancia, de un trozo de barquillo dotado de no sé qué bendiciones y significados.

Por fin, no es lo mismo «el latín como lengua de oración» que el latín como lengua de la Santa Misa. La Misa es la piedra angular del cristianismo y ha de salvar, por encima de todo su identidad, inamovible a lo largo de los siglos y de la geografía. El latín, no por latín, sino por su invariabilidad y riqueza, y sobre todo por ser la lengua de mayor vigencia e influencia cuando San Pedro eligió a Roma como su sede episcopal, ha sido garantía de la unidad de la Iglesia Católica y dique solidísimo contra herejías y cismas. Perdida la exactitud teológica de la Misa latina ha quedado libre la vía para la inventiva particular y las traducciones traidoras.

No deja de ser significativo el hecho de que unos católicos, obligados a vivir en «catacumbas» queden «apegados a ciertos ritos previos al Concilio Vaticano II» (cito textualmente). En esas ocasiones se encuentra el fiel solicitado y hasta tentado de apostasía, y tiene que «apegarse» a lo más hondo de su espíritu religioso, allá donde anida «lo sagrado», es decir, lo absolutamente adorable, intocable y salvador, muy lejos de cualquier veleidad de protagonismo personal puramente humano.

Alberto Basabe Martín

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