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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

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A D. LUIS SALAD, GRAN MAESTRO MASON.

El Diario Vasco de San Sebastián publica el domingo 17-IX-95 una entrevista con este señor, encabezada por una frase textual suya: "Nuestro oficio es hacer catedrales de idealismo". A continuación, Pilar Aranguren, autora de la entrevista, escribe de su mano a modo de resumen: "Empezaron construyendo catedrales en la Edad Media y ahora persiguen «un mundo en paz basado en la fraternidad y en la amistad». Bajo ese manto de idealismo los masones españoles tratan de quitarse de encima la imagen del diablo con la que les identificó el franquismo".

Es un párrafo bastante flojo, pero hay que comprender los mil condicionamientos de un periodista.

Paso, pues, al protagonista.

Las «catedrales de idealismo» que, por oficio, construye la masonería actual, según su Gran Maestro en la Gran Logia de España, D. Luís Salad, corresponden, si duda, a las que los Canteros Libres construían a lo largo y ancho de la Cristiandad, antes de 1717. Con la diferencia, sin embargo, de que aquellos usaban piedras de verdad y no piedras ideales, y que, sin ninguna clase de "tirantez" con la Iglesia Católica, destinataria de su entusiasta trabajo, recibían de ella no amargas excomuniones, sino reconfortantes privilegios, que, por su parte, convertían en mayor y más rápido servicio a quien se los otorgaba.

Porque, después de aquella fecha, fácil de memorizar al derecho y al revés, ni las catedrales masónicas han sido sólidas, bellas y devotas construcciones, ni ha persistido la benévola corriente de mutuos beneficios entre los sucesores de los Canteros y la Jerarquía eclesiástica. Con piedras meramente ideales es imposible construir una catedral medianamente sólida; ni siquiera el más humilde murete. Se desmorona todo enseguida.

En efecto, se queja D. Luís -y con razón- de que "después de tantos siglos la humanidad no ha progresado mucho. Si miramos la historia de los últimos cien años no ha habido un solo día de paz. Es una muestra de la falta de civilización y de humanidad". Según este párrafo, las ideales piedras de D. Luís serían el progreso, la paz, la civilización y la humanidad; añadiendo, por supuesto, otras que estamos legitimados a pensar pertenecen también a su mente de constructor masónico: la socialidad, la tranquilidad pública, la tolerancia, la hermandad y solidaridad universal, la igualdad, la dignidad, los derechos humanos, la democracia, y ¡claro está! en la cumbre la libertad. Me quedo, sin duda, en falta. Pero ni él ni yo pretendemos escribir ningún estudio exhaustivo. Aceptadas y aplaudidas todas esas piedras. Es evidentemente un conjunto de muy buenas pretensiones. Y seguro que D. Luís y muchos de sus hermanos están dispuestos a todos los sacrificios personales para hacerlas realidad.

Pero ¿cómo puede ser que piedras tan bellas no valgan para construir nada? Porque son incapaces de proporcionar cohesión al conjunto del edificio. Este nace ya cadáver. Y un cadáver no tiene ya organicidad, vida ni cohesión. Dice el libro del Apocalipsis (3, 1): "Tienes nombre de que vives, pero estás muerto". La frase pertenece al mensaje al ángel de la Iglesia de Sardes. Hay quien interpreta que la ciudad de Sardes, paradigma de la riqueza en la antigüedad, simboliza nuestra actual época histórica, abundante en riqueza más que todas las anteriores juntas. Tenemos bellos ideales, pero son puramente nominales. Pertenecen a un muerto en trance ya de desintegración; no a un organismo vivo y cohesionado. ¿Qué les falta? Simplemente, y tomando del mismo D. Luís la palabra, caridad. Resulta arriesgado el término. Pero él mismo me anima. "Además -dice- hacemos obras de caridad".

Y aquí empalmamos con la segunda gran diferencia entre los medievales Canteros libres y la Masonería posterior a 1717: el cambio de actitud de la Iglesia. Esta pasa de la benevolencia a la excomunión. Va, pues, a resultar que las dos diferencias -piedras ideales y "tirantez con El Vaticano"- tienen una misma raíz: la falta de caridad. Sí, ya. D. Luís alude, sin duda, a la Cruz Roja y obras análogas. Y puede muy bien ocurrir que esas obras me salven a mí alguna vez la vida. Anticipadas gracias y enhorabuena. Pero es necesario precisar conceptos; porque algunos de ellos pueden resultar más importantes que la vida misma, al afectar a la eterna.

Caridad es precisamente -y por muy paradójico que parezca- lo que ha movido a los papas - bastantes, además- a fulminar contra la Masonería sus excomuniones, y en términos algo más graves que los que corresponderían a una mera "tirantez de relaciones".

Escuchémosles. Dice Clemente XII en 1738: "Ha llegado a nuestro conocimiento el largo y amplio progreso y el fortalecimiento que, de día en día van adquiriendo ciertas sociedades, grupos, asambleas, reuniones, asociaciones o corros pertenecientes a los vulgarmente llamados «liberi Muratori» (canteros libres) o bien «Francs Massons», o con cualquier otra denominación según los idiomas. En tales sociedades, hombres de cualquier religión y secta, adoptando cierta manifestación externa de un contenido interior de honestidad natural, están asociados por estrecha y, a la vez, inaccesible alianza, según las leyes y estatutos que han fundado para ellos mismos; a la vez que se encuentran constreñidos a cubrir con inviolable silencio sus ocultas obras, después de haber interpuesto estricto juramento ante la sagrada Biblia y haber acumulado graves penas". Entresaco del resto del párrafo: "Si no obraran mal, no odiarían tanto la luz". (Clemente XII, Litt. Ap. "In eminenti apostolatus specula", nº 1, 28 Abril 1738).

León XIII, 1884: "Nuestros antecesores los Romanos Pontífices, velando solícitamente por la salvación del pueblo cristiano, conocieron la personalidad y las intenciones de este capital enemigo (la Masonería) tan pronto como comenzó a salir de las tinieblas de su oculta conjuración. Los Romanos Pontífices, previendo el futuro, dieron la señal de alarma frente al peligro y advirtieron a los príncipes y a los pueblos para que no se dejaran sorprender por las artimañas y las asechanzas preparadas para engañarlos.- El papa Clemente XII, en 1738, fue el primero en indicar el peligro. Benedicto XIV confirmó y renovó la constitución del anterior pontífice. Pío VII siguió las huellas de ambos. Y León XII, incluyendo en su constitución apostólica «Quo graviora» toda la legislación dada en esta materia por los papas anteriores, la ratificó y confirmó para siempre. Pío VIII, Gregorio XVI y reiteradamente Pío IX hablaron en el mismo sentido". (León XIII, Humanum genus, nº 3, 20 de Abril de 1884).

Para todos estos papas la caridad era algo más que trabajar en los hospitales, que también lo era. Caridad era sobre todo la ley suprema de la Iglesia, escrita en su corazón con hierro y fuego. Se fundamentaba no en el sentimiento humano (siempre muy estimado por toda la tradición cristiana), sino en la Verdad de Dios, absoluta, inmutable y eterna, válida para toda la humanidad y para todos los tiempos. Ellos eran los custodios y ministros oficiales de esta Verdad. Sí, ya sé que para estas frases está siempre pronta la objeción de las cruzadas y la Inquisición y sus hogueras, también de hierro y fuego. Paso. Este concepto de caridad era el que había de informar, vitalizar y cohesionar a todas esas preciosas "piedras" de que hablábamos antes, sacándolas del caos de la imprecisión y el subjetivismo sentimental en que están sumidas. Se dice, por ejemplo, que la libertad y los derechos de uno acaban donde empiezan la libertad y los derechos de los demás. ¿Puede haber definición más simplona e imprecisa? ¿No vale esta sentencia para legitimar las interpretaciones más contradictorias? ¿Qué vitalidad y cohesión se puede fundamentar en arenas tan movedizas?

Pero bueno; agua pasada. La excomunión está ya levantada, aunque queda una prohibición a los sacerdotes de conceder la comunión a un afiliado público. No sé cuál será la efectividad de esta medida. Lo que sí sé es que sacerdotes, obispos y hasta más arriba se acogen con mucha frecuencia en su lenguaje a esas ideales piedras masónicas que antes nombrábamos. No es extraño que D. Luís encuentre actualmente un mutuo respeto en las relaciones con la Iglesia. ¿Cómo no va a encontrarlo, si las dos partes dicen lo mismo, y si apenas o nunca -ni siquiera cuando hay que acoger a un obispo no suficientemente informado de los problemas políticos y sociales de la región a donde está destinado- se alude a la eterna e inmutable Verdad divina, que la Jerarquía está obligada a guardar como su primera misión? ¿Dónde ha ido aquella caridad de fuego y hierro de los papas que excomulgaban a los masones?. Evidentemente alguna de las dos partes ha girado aquí en ángulo de muchos grados, y no es difícil averiguar cuál de ellas es. Sin embargo, la Esperanza por encima de todo. "Los poderes del Infierno no prevalecerán contra ella".

Alberto Basabe Martin

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