

ARTÍCULOS
ALCACER
Las noticias de prensa tienen una actualidad bastante precaria. Es natural. Se pisan los talones las unas a las otras. Pero no podemos ni la sociedad en su conjunto ni cada particular sucumbir a la sugestión de que la importancia de un acontecimiento se esfuma cuando ya deja de reflejarse en los "media". Y la de lo de Alcacer sobresale estremecedoramente. Porque, como una noticia más, y recayendo sobre esa absoluta e impune competencia de que nos revestimos cuando, ante el periódico o la pantalla, las notcias y las imágenes van impactando nuestra emotividad y solicitando nuestro soberano juicio, Alcacer puede convertirse en una buena oportunidad para contrastar nuestra nobleza y dignidad, nuestra connatural impecabilidad, con la degeneración y perversión de los autores del crimen. Son artimañas del subconsciente, capaz de convertir un estremecimiento en un certificado de inocencia. Pero, por encima del subconsciente, Alcacer es un espejo y una alarma. Los monstruos que allá aparecen nos son, en realidad, muy cercanos. Somos, de alguna forma, todos y cada uno de los seres humanos. Las desmelenadas pasiones en que ellos se sumergieron ocupan también, en nuestro interior, latentes o patentes habitaciones. Y las artes de darles suelta, sutil o brutalmente, están a la orden del día, o a la de no sabemos quién; pero alguien, inteligente y astuto, está desde hace lustros, y quizás siglos, dirigiendo mentalidades, posturas, honores y deshonores, modos y modas de actuar, de vivir, de vestir, de filosofar y hasta de concebir y sentir la religión.
Invito a pensar, y hasta a temer. Antes existía la figura de quien «t;había sido educado en el temor de Dios«. Ni entro ni salgo, porque sería largo. Habría que recordar todo el catecismo: aquel pequeño de nuestra primera comunión o el nuevo más amplio recién editado. Para el caso actual de convertir en orientación y en gozo nuestro temblor o nuestra ira, cualquiera de los dos es válido, y con creces. Me place solamente recordar ahora los que se nos enseñaban como «tlos dones del Espíritu Santo«t: sabiduría, inteligencia, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios. A nadie, ni pequeño ni grande, le vendrá mal recogerse un momento en su interior y pedírselos a Dios.
© Alberto Basabe Martín
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