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UNA PEQUEÑA PINCELADA
Solamente eso. Ni tan siquiera una parte de la misa era lo que tenía intención de oficiar en euskera el párroco en cuyo templo se había de celebrar el funeral por el último guardia civil asesinado. «Una parte es mucho decir; mi expresión suele ser &quna pequeña pincelada"» (DV. 20-III). No le ha valido. El funeral se ha celebrado en el Gobierno Civil, me imagino que perfectamente inhóspito para acoger cualquier manifestación colectiva de sentimiento religioso. Se han sentido tocadas fibras profundas y el rechazo ha sido serio.
Las fibras sentimentales son cosa muy compleja y delicada. Difícilmente sabemos dónde acaba lo objetivo y dónde empieza lo subjetivo, cuándo hay proporción con el estímulo y cuándo no la hay. Y sobre todo, si es que vibran hondo y caen en la base de un diálogo con quien vibre distinto, no hay modo de entenderse. Los corazones se endurecen y las distancias corren peligro de abismarse. Aquí anoto, porque me urge hacerlo, el gesto noble del párroco en cuestión que ha estado ayudando al Capellán castrense en su celebración.
¿No será esta una ocasión -una más- para preguntarnos si no estaremos fundamentando nuestra vida religiosa y nuestro pensamiento general en el puro sentimiento, antes que en la desnuda realidad de las cosas? ¿No deberemos sentir la alarmante sospecha de que nos hemos refugiado en el sentimiento porque nos hemos dado por derrotados en la batalla por la conquista de cualquier tipo de verdad real? ¿Por qué, contando con la indudable buena voluntad de las dos partes, ha tenido que producirse este dolorosísimo choque en el momento más delicado del drama -siempre único por muy repetido que sea- desencadenado por el asesinato de un hermano a manos de otro hermano?
¿Va a resultar que la Misa -o Eucaristía, como ahora se le suele llamar- es un lienzo en blanco en el que cada oficiante da, a su gusto y talante, las pinceladas que él sienta más convenientes para que al final resulte un hermoso cuadro que él pueda firmar, con orgullo, con su nombre propio? Empleaba yo mismo al principio la expresión «manifestación colectiva de sentimiento religioso», para aludir al funeral. Lo es, sin duda. Pero no es esa su última esencia. Esta no se reduce a propiciar en los asistentes el gozo -aun noble y elevador como es- de hacer recaer sobre la familia del difunto, e incluso, de no sabemos qué misterioso modo, sobre éste mismo, el caudal enorme y sincerísimo de la unánime buena voluntad acumulada durante la celebración y sus horas previas. Esta cordialidad es uno de los grandes valores sentimentales de nuestra humana vida. Y las nuevas directrices rituales han tenido cuidado de darle toda su vigencia. Entra esto dentro de su pretensión general de que la liturgia sea cálidamente sentida y concelebrada por la asamblea de los fieles. Pero evidentemente algo falla. Lo delata el choque ruidoso que comentamos. Y otros muchos de los que no nos enteramos porque no son ruidosos. Si algo se conserva en los fieles del montón es el silencio ante lo sagrado. Y lo que falla es, a mí entender, que la celebración litúrgica se ha reducido prácticamente precisamente a su dimensión meramente humana: una concelebración cálidamente sentida. Poco a poco se ha ido esfumando de la conciencia de los fieles el núcleo sublime de la santa misa: el ser la reactualización del sacrificio de Jesucristo en la cruz, reactualización plenamente real y con todas sus consecuencias en cada una de las misas celebradas. Esta es su dimensión divina y principal.
Llámeme nostálgico aquél a quien le plega hacerlo, pero en la liturgia antigua, la de las misas aburridas y en latín, la escisión dolorosa del funeral de la pincelada hubiera sido impensable. Entonces el lienzo a dibujar por el celebrante estaba ya, no sólo bocetado, sino perfectamente trazado en todos sus rasgos. No había más que seguirlos con el pincel. Por eso el cuadro resultante era siempre y en todas partes el mismo: tanto el del misionero que plantaba su altar en medio de la selva, como el del papa que celebraba en el de la basílica de San Pedro. Aquel cuadro no tenía siempre más que una firma: la Iglesia Católica, es decir, Universal. Y los fieles asistían mirando sobre todo al núcleo principal: Jesucristo que derrama de nuevo su sangre por nosotros, y especialmente por el difunto, si se trataba de un funeral. ¿Cómo iba a ser posible una ruptura con el celebrante, si era mirado precisamente como la personificación de Cristo y de su Iglesia y no como un hombre más, participante de determinadas opiniones y sentimientos?
Y no por eso desaparecía la dimensión humana. Quizás el calor del afecto comunitario era menos sensible; pero era más potente. Enraizaba en la única e inmóvil Roca de la unidad, y no en la movediza y múltiple subjetividad sentimental. Es verdad que mirar fijamente a Cristo durante una seca media hora era dura prueba para la fe, que si fallaba, se convertía en aburrimiento y rutina: que están reñidos con la auténtica religiosidad. Pero este proceso de degeneración no se escapaba del ámbito consciente y podía ser remediado o aminorado por la confesión, etc. Ahora, sin embargo, la hipertrofia de la dimensión humana puede llegar a envolver la divina en una sutil capa de vergüenza, que queda anidada en el subconsciente, olvidada para siempre, pero siempre viva y vigente. Creo que es para pensarlo.
Alberto Basabe Martín. Doctor en Filosofía. Profesor en la Universidad de Deusto, sede de San Sebastián
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