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LA FREGONA, UN SIMBOLO Y UNA INTEGRAL
Para solucionar perplejidades, que pueden despistar al lector ya desde el título, quiero aclarar que me refiero ni más ni menos que a esos palos provistos, en uno de sus extremos, de un conjunto de tiritas de paño absorbente, presentes ya en todas las cocinas, de maravilloso rendimiento a la hora de limpiar los suelos. Y con lo de «integral» quiero significar ni más ni menos que ese no menos maravilloso invento matemático no sé si de Leibniz o de Newton. Y con esta aclaración supongo que habré dejado todavía más perplejo al ya perplejo lector. Pues paciencia, que ya vendrá la luz.
La fregona es un triunfo del pensamiento humano: ingenioso artilugio, eficaz al cien por cien y sencillísimo de concebir y construir. Cualquier ser humano, aun de la más retrasada civilización, lo entiende y hasta lo sabría construir. Como que uno se pregunta cómo no ha sido vulgarizado hace ya muchos siglos. El ingenio humano ha llegado ya a suprimir las distancias, a establecer una comunicación instantánea con cualquier parte del mundo, a viajar a la luna en viaje de ida y vuelta, y después ¡por fin! ha inventado la fregona; para que ya las limpiadoras y limpiadores no tengan que echarse por el suelo en una postura incómoda y humillante, y forzar músculos y esqueleto para alcanzar los rincones. Cosa parecida ha ocurrido con la rueda, el invento que, junto con el fuego, puso en marcha la civilización. Ha sido necesario, como en la fregona, esperar a estas alturas de nuestro hiperprogresado siglo veinte para ponerlas en las maletas, los cajones, las cestas de la compra, las sillas y las carteras de los carteros.
Cómo es posible tanta tardanza, no lo sé. Ya Sófocles decía que no hay nada más misterioso que el ser humano.
Así pues, podemos considerar a la fregona, junto con las ruedas tardías, como símbolo del misterio de la mente humana.
¿Y las integrales? ¿A qué vienen? Poco me acuerdo de ellas. Justo la noticia de que son «una suma de infinitos sumandos infinitesimales». Desde esta noción pienso en la fregona y me parece ver en ella la sombra de una integral. Claro que las tiritas no son propiamente infinitesimales. Pero aisladas, ya se acercan. Entonces no son prácticamente nada ni sirven para nada. Tampoco es infinito su número. Pero sí lo suficientemente abundante como para que nadie se moleste en contarlas. Resultan así, si no infinitas, al menos innumerables.
¿Diremos entonces que la fregona es también símbolo de la utilidad del cálculo integral? Puede ser. Pero pensando más a fondo creo que lo que simbolizan es la civilización de las multitudes, en la que estamos inmersos. Y más en concreto el problema sociológico de conjugar la multitud con el individuo.
Veamos. Las integrales nadan bien en la abundancia. Son infinitos sus sumandos. Surgieron, muy oportunamente en la segunda mitad del siglo XVII, cuando ya comenzaban a abundar sobre la superficie de la tierra la gente y las cosas. Estaban, pues, llamadas a ejercer su capacidad calculadora. Y con más razón ahora que la gente y las cosas somos mucho más abundantes. Pero no se las puede aplicar a la sociología en toda su descarnada infinitud. Porque entonces la persona individual resulta un infinitesimal. Y un infinitesimal es una cantidad muy pequeña y, todavía, en proceso de recesión hacia el cero. Es decir, que el individuo quedaría completamente anulado. Ni valdría demasiado para éste la compensación de que, sumando su infinitesimalidad a las infinitesimalidades de otras infinitas personas, se lograría una sociedad absolutamente compacta y sin fisuras, cuya mole sería, en cierto sentido, infinita.
Y por desgracia no es completamente utópico que lleguemos los humanos todos a convertirnos en una perfecta integral que abarque el mundo entero. Invito al lector a reflexionar sinceramente sobre sus propias convicciones del campo político, sociológico, familiar o religioso. Cuestiónese si han nacido de un enfrentamiento serio y desnudo de su mente con los respectivos ámbitos de la realidad, o si no hay en ellas demasiadas influencias ilegítimas, como pueden ser, por ejemplo, el prestigio de las encuestas, el secreto miedo a ser tachado de nostálgico, fascista, involucionista, intolerante o inquisitorial, o el deseo de contentar a su círculo de amistades. Y si se encuentra libre de estas y otras muchas influencias, piense si no constituyen, al menos, un peligro real que acecha a la autenticidad de su pensamiento o al de otras personas. ¿Qué queda de la personalidad si desaparece de ella un auténtico pensamiento libre de cualesquiera otras influencias que no sean el peso de la pura y entera verdad?
Escuchemos, sin embargo, de nuevo el mensaje de la fregona, que sale victoriosa de este peligro. La fregona es una integral; pero venturosamente incompleta. Sus tiritas desarrollan toda su valía a condición de que estén unidas a las demás. Pero cada una de ellas, unida al conjunto o separada de él, tiene su largura, anchura y espesor. Son tridimensionales. Ahora recuerdo que en los primeros tiempos no tenían anchura. Eran unas cuerdecitas, es decir, eran unidimensionales. Aquella primitiva fregona fracasó.
Alberto Basabe. Doctor en Filosofía, profesor en la Universidad de Deusto, sede de San Sebastián.
Enviado el 1-IX-93
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