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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

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NARCOTRAFICO E INQUISICION

La salud pública. He aquí el título que justifica la persecución contra el narcotráfico. Consumir droga mina la salud; al menos si se hace, como suele, sin ninguna discreción. Pierden la salud no sólo los consumidores, sino sus víctimas: amigos arrastrados a imitarles, familiares sometidos a constante extorsión, y ciudadanos víctimas de sus atracos. Evidentemente, el narcotráfico atenta gravemente contra la salud pública. Debe, por lo tanto y en principio, ser perseguido y erradicado, si no queremos que quede minado uno de los fundamentos del buen funcionamiento de la sociedad.

Hasta aquí todos de acuerdo. O mejor, casi todos. A algunos les parece que es mejor dejar la droga libre e incluso gratuita, argumentando que así disminuirán los atracos y extorsiones, y que no aumentará el número de los consumidores, que, con prohibición o sin ella, acaban por conseguir toda la droga que quieren. Lo extraño es que esté todavía inédito el argumento de que la droga libre encaja mejor en los principios democráticos. Uno no acaba de entender cómo los defensores de tales principios, suspicaces, en general, hasta lo inverosímil, se olvidan de toda clase de suspicacias y ensanchan inmensamente sus tragaderas para deglutir, sin inmutarse y de un golpe, el cúmulo de transgresiones del código democrático realizadas, en nombre de la salud pública, si se prohíbe el consumo y tráfico de drogas. Veamos. ¿En nombre de qué principio democrático se le dicta al drogadicto en qué consiste su salud y su felicidad? ¿No puede tachar nuestro celo por ellas de paternalismo trasnochado? ¿No puede echarnos a la cara su derecho a poner su bienestar donde él quiera, e incluso a morirse como y cuando él lo decida? Y quienes producen la droga y la comercializan ¿no pueden escudarse en la libertad de mercado? ¿No pueden incluso alegar que están sirviendo a su clientela en su democrático derecho a drogarse?

Y, pasando ya al ataque ¿no se les puede acusar de "inquisidores" a los que, en nombre de la salud pública, reprimen el comercio de la droga? Coinciden en lo sustancial: defender por medios coercitivos la salud pública. Difieren en el modo de concebirla. La Inquisición, recogiendo el sentir plenamente unánime de la sociedad de su tiempo, ponía la salud pública, sobre todo, en la salvación eterna de las almas. Para ello les era necesario y hasta urgente -los turcos sitiaban y amenazaban de muerte a la Cristiandad- salvaguardar las estructuras sociopolíticas que derivaban lógicamente de los principios de la fe y veían necesarias para que la salvación del alma se hiciera, en la práctica, asequible a la multitud del pueblo: el Estado confesional cristiano, la figura del Emperador, defensor a la vez de la paz y de la fe de sus súbditos, y, sobre todo, el papado como último árbitro de la fe y de la unidad político-religiosa de los Príncipes cristianos y de sus súbditos. En aquella sociedad no primaba, como en la nuestra, el concepto de "libertad religiosa". Lo conocían, ciertamente, al menos las personas cultas. Pero no lo necesitaban. No había en todo el territorio de la Cristiandad fisura alguna en la confesión pública y privada de la fe cristiana. Y territorios extraños les caían demasiado lejos.

Así pues, el planteamiento de la Inquisición era diáfano e impecable. Excesos aparte, defendía el que, a juicio unánime, era el mayor de los bienes públicos. Mayor que la integridad territorial o la seguridad pública. Por eso perseguía y reprimía, claro está. Como ahora al narcotráfico. El actual distribuidor de droga es el correlato del hereje que de palabra o por escrito transmitía sus doctrinas.

El dilema, pues, está servido. Si perseguimos el comercio de droga tenemos que aceptar que no somos demócratas sino inquisidores. Si lo dejamos libre, preparémonos a encajar la protesta de la sociedad entera que no puede aceptar el destrozo tonto de la salud y la personalidad de sus jóvenes, y dispongámonos a escuchar, manteniendo -si podemos- entero el corazón, el clamor de la madre del drogadicto que nos acusa de crueldad.

Quizás la solución esté aquí: en aprender a escuchar los clamores de las personas y de las cosas, aun a costa de la pureza de nuestra democracia. Claman esos jóvenes atrapados, desquiciados y desgraciados desde muy pronto y para siempre. Y quien mejor puede escuchar ese clamor es su madre, que responde a él, no con la teoría de los derechos y las libertades, sino también, sencilla pero dramáticamente, clamando. Dejemos de fijar nuestra mirada exclusivamente en nuestro ombligo y levantémosla hacia los valores absolutos y de vigencia perpetua y universal. Nunca han dejado de brillar, clamar y reclamar, exigiendo nuestra mirada y nuestra atención. Si sabemos convertirnos a ellos y responderles, se nos abrirá el entendimiento para discernir las normas prácticas de conducta, y se nos darán por añadidura los derechos y libertades que nos parecía haber perdido.

Alberto Basabe, doctor en Filosofía, profesor en la Universidad de Deusto, Campus de San Sebastián.

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