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Fotografía de un Amanecer
Albamar;

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LA PARADOJA DE LA OBJECION DE CONCIENCIA

Aunque la objeción de conciencia puede darse en muchos otros campos, es ante el mandato de incorporarse a los ejércitos donde más ocasiones se le presentan para que manifieste su eficacia. Y aquí está la paradoja. ¿Cómo un simple recluta, armado sólo de su conciencia personal, se puede enfrentar con todo un ejército y vencerle? La objeción de conciencia está ya admitida en la legislación de muchos estados. ¿Será la fuerza de sus argumentos lo que ha dado la victoria al objetor? ¿Pero qué argumentos ha podido poseer un joven cuya cultura, por la edad, no puede ser demasiado alta, en contra de los que puede oponerle toda una institución cargada de tradición, experiencia y jurisprudencia? El objetor puede alegar que considera el servicio militar como una más de las obligaciones del estado, que éste puede cumplir, por ejemplo, mediante un mercenariado; y que, en cualquier caso, la obligación es del estado, no del ciudadano particular. Pero el estado puede responder que la obligación de defender a la nación incumbe a todos, y que así lo sancionan las leyes, aceptadas y cumplidas durante varias o muchas generaciones, etc.

Pero lo sorprendente es que no han sido los argumentos los que han decidido la victoria, sino el simple recurso del objetor a su conciencia personal. «No me incorporo al ejército porque mi conciencia me lo impide. Y no añado ningún motivo o razón, porque mi conciencia es autónoma (que es palabra que significa «quien se da la ley a sí mismo»), y no necesita, para adoptar sus decisiones, de ninguna clase de motivos o leyes exteriores a mi persona». Y punto. Y aquí, pasmosamente, el estado parece haberse quedado sin respuesta. ¿No podía haberse defendido contraponiendo su propia conciencia, capaz, como la de cualquiera al menos, de tener sus objeciones? ¿No podía haber respondido que su conciencia le impide aceptar la objeción de conciencia del recluta, y le obliga a ordenarle incorporarse a filas, y que si éste no le obedece, se encontrará obligado por su conciencia a imponerle algún castigo?.

El estado podía haber respondido así al recluta objetor; pero no lo ha hecho ni lo hace. ¿Será por lo vacío y hasta ridículo de tal diálogo? ¿Será porque el estado no tiene conciencia, y no puede, por lo tanto tener en ella ninguna clase de objeciones ni impulsiones? ¿Será porque tiene, sí, conciencia, pero no puede ser autónoma, porque todo lo tiene que hacer a golpe de ley pública? ¿Será porque eso de tener conciencia personal y autónoma tiene actualmente tal prestigio que a él, al estado, que no puede tener ese tipo de conciencia, se le cierra la boca de pura vergüenza?

Personalmente, sin negar las demás, me inclino por esta última razón: la de la vergüenza. En los tiempos que vivimos no pintan razones válidas sino prestigios dictados (que con frecuencia, es verdad, son también razonables). Y esto para todo el mundo, hasta para los militares y los estados. Y el prestigio actual prima la libertad autónoma y denigra el sometimiento a razones y leyes que han nacido fuera de mi persona. Y la conciencia no es ya esa ciencia o conocimiento que acompaña a mis acciones y me informa sobre su conformidad o disconformidad con un «deber ser» fundamentado, en último término, en Dios; sino el sentimiento de complacencia o displicencia que experimento según mis actos obedezcan o no a los prestigios en honor.

Pero no todo es desviación y error. Hay todavía en la humanidad mucha conciencia recta y sincera. Y, sin duda, la habrá siempre. Pienso, por ejemplo, en las muchas personas sensibilizadas hasta el heroísmo por la tragedia del hambre y la pobreza que afecta a porciones extensísimas de la humanidad. Y pienso también en la relativamente mucha juventud que, con no menor heroísmo, pasa del bikini al claustro contemplativo. Son conciencias muy auténticas, sordas a la dictadura de los prestigios, pero atentas al clamor de las dos grandes realidades objetivas de toda conciencia moral: Dios y el hombre hermano. Saben escuchar sus clamores o secretas llamadas particulares, y darles sincera y esforzada respuesta. ¿No deberíamos todos imitarles, al menos para conjurar el peligro, bastante inminente, de que el prestigio de la conciencia autónoma convierta a la humanidad en una guerra de todos contra todos?

Alberto Basabe Martín. Doctor en Filosofía. Profesor en la Universidad de Deusto, Campus de San Sebastián.

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